La democracia despues de Cristina

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Por:

Rafael Rojas

Las pasadas elecciones primarias en Argentina han sido leídas en muchos medios latinoamericanos como un triunfo plebiscitario del peronismo oficial, encabezado desde hace doce años por Néstor Kirchner y su esposa y sucesora, Cristina Fernández.

El 38 por ciento de votos a favor de Daniel Scioli es, sin dudas, un resultado importante que acredita el respaldo popular a ciertas políticas del kirchnerismo, relacionadas con la recuperación del sector público y la promoción de nuevos derechos sociales.A pesar de que el sufragio favorable a Scioli tuvo que ver, también, con el cambio de estilo y lenguaje que está introduciendo el sucesor del kirchnerismo, otra manera de interpretar el resultado es que en las pasadas elecciones venció una mayoría opositora, que, de juntar los votos de Mauricio Macri (30 por ciento) y Sergio Massa (20 por ciento), llegaría cómodamente a la mitad del sufragio. Casi todos los analistas coinciden en que el desenlace de estas elecciones presidenciales, en octubre, depende de cómo se dividan los votos favorables a Massa.

Lo que parece evidente es que la ausencia de Cristina Fernández de Kirchner y de parte del kirchnerismo duro en la contienda ha producido, automáticamente, un incremento de la civilidad en el debate argentino y hasta una imagen más precisa de la pluralidad política en ese país suramericano. Los resultados electorales, para empezar, no reflejan un país partido en dos, en consonancia con la polarización de los últimos años, sino en tres e incluso en más, si se toman en cuenta las formaciones y liderazgos minoritarios.

Después de Cristina la democracia argentina se ve con mayor claridad. Lo que no significa que de aquí a octubre el país no vuelva a partirse en dos mitades políticas y electorales. Pero es difícil que, aun en caso de que gane Scioli, ciertos elementos distintivos del kirchnerismo, como el tipo carismático y plebiscitario de gobernar, la mezcla de falta de transparencia y discordia con los medios de comunicación y una política exterior demasiado puesta en función del bloque bolivariano, se mantengan o adopten nuevas formas.

Durante la campaña electoral los candidatos punteros, Scioli y Macri, se desplazaron cuidadosamente al centro, seduciendo a una mayoría electoral que quiere continuidad pero también cambio. Scioli lo hizo manteniendo cierta distancia de Cristina Fernández y Macri suscribiendo las nacionalizaciones y leyes sociales de los Kirchner. En octubre ganará quien logre trasmitir de un modo más convincente esa dialéctica electoral.

En cualquier caso, estas elecciones han sido la confirmación de que la democracia argentina sale a flote después de los doce años kirchneristas. Con este desenlace la experiencia argentina de principios del siglo XXI expone sus peculiaridades frente a la corriente bolivariana de la política latinoamericana que, con sus matices, sigue apostando a los fuertes liderazgos personales y a la estigmatización de una oposición legítima como “derecha golpista”, subordinada a los intereses de Estados Unidos.

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