La empatia como virtud

El torneo corto 40
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En una cultura como ésta, en la que parece que ser joven es en sí mismo una virtud, hay noticias que, francamente, le dejan a una pensando muy seriamente acerca de en qué momento se torció este mundo que llamamos Occidente.

Son noticias de hace unos días: un adolescente asesina en algún lugar de España a su madre y a su hermanastro, la explicación es que sufría un grave trastorno mental; otro, en Francia, mata también a sus padres y a sus dos hermanos, y después de deambular durante veinticuatro horas se lo confiesa a un amigo; una joven, también de apenas dieciséis años, profana un cementerio, de nuevo en Francia, rompiendo cruces y volcando lápidas, después de huir de una fiesta familiar “en la que se aburría”.

Son excepciones, es verdad, porque no son noticias de todos los días, y en ocasiones son conductas que van más allá de la voluntad del individuo, pero la repetición de sucesos más o menos similares en que aparecen involucrados menores de edad en casos de una violencia extrema o de una indiferencia casi total hacia su entorno obliga a pensar que algo grave está sucediendo. Hijos que maltratan a sus padres, menores que violan a una niña de doce años con deficiencia psíquica o el caso, sucedido en Sevilla, en que varios amigos participaron en el asesinato de la novia de uno de ellos… todo esto habla no tanto como suele decirse de la falta de autoridad y de disciplina con la que se educa a los jóvenes, sino sobre todo de la incapacidad para haberles sabido transmitir una virtud tan esencial como son la empatía, la preocupación y el interés por el prójimo.

Me lo contó hace unos días también un joven de diecisiete años, él mismo sorprendido: unos muchachos, de nuevo adolescentes, increpaban a un anciano al grito de “¡viejo!” porque entorpecía su camino en monopatín. Lo cierto es que nadie cree tener responsabilidad en ello, pero hay para repartir y a gusto, comenzando por ese mundo que hemos creado en el que una gran parte de la gente joven no se siente responsable de casi nada. En una sociedad profundamente narcisista, donde lo que importa es el “yo”, casi por encima de cualquier otra cosa, y el “aquí y ahora”, no cabe la frustración; ni cabe imaginar que un día, no muy lejano, ellos mismos morirán, o si lo imaginan no les importa: piensan que aún queda muy lejos. Lo dice Alasdair MacIntyre en “Animales racionales y dependientes. Por qué los seres humanos necesitamos las virtudes”: antes o después, también ellos terminarán siendo vulnerables y dependientes, y si las cosas no cambian vivirán en un mundo hostil, donde casi nadie será capaz de hacerse cargo de nadie.

fdm