La falacia de la identidad amenazada

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Raúl Castro ha escrito una carta al Presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), Miguel Barnet, en la que alerta sobre la que llama “doble amenaza” a la cultura de la Isla. La UNEAC es una de esas raras instituciones comunistas que subsisten en el siglo XXI –única en su tipo, por lo menos, en el hemisferio occidental—, a través de la cual un Estado integra a toda la comunidad artística y literaria del país en un solo organismo.

El jefe de ese Estado escribe al presidente de la UNEAC y el mensaje se publica en Granma, periódico del Partido Comunista Cubano (PCC) que dirige a ambos: al Estado y a la UNEAC. Todo forma parte del mismo círculo de poder: Castro, el Estado, el Partido, Barnet, la UNEAC, Granma. Bastaría con una llamada telefónica o una breve conversación en cualquier oficina, la del Estado o la del Partido, que pertenecen a la misma persona

—Castro por supuesto—, o la de la UNEAC, en la que despacha Barnet.

Pero no: es preciso publicar la carta en Granma para que todos sepan, una vez más, que la identidad cultural está amenazada ¿Qué amenaza? ¿Qué identidad? No dice Castro, aunque es lo que piensa su hermano mayor, que el peligro para la cultura cubana

—entiéndase, para la ideología de Estado— proviene del deshielo con Estados Unidos, del aumento de turistas norteamericanos y emigrantes cubanos, de la multiplicación de pequeños negocios privados, del paso cada vez más habitual de celebridades por La Habana o de la enorme popularidad de Obama.

Lo que dice es que la amenaza viene de adentro y de afuera. Un afuera más bien abstracto, “la oleada colonizadora global”, que, desde la perspectiva del Gobierno cubano, no debería ser novedad. La globalización es la última fase del capitalismo y si el capitalismo es por antonomasia “colonial” no hay tal “oleada”. Se trata de la misma amenaza de siempre, a no ser que Raúl Castro quiera decir, como Putin o Trump, que la globalización va contra el interés nacional y el control migratorio.

La amenaza interior de la que habla Castro es más comprensible y real, ya que la del capitalismo global suena a demagogia, sobre todo, si se toma en cuenta que es la propia dirigencia de la Isla la que conduce el actual avance al mercado. Habla Castro de “proyectos subversivos” que intentan “dividir” el campo cultural cubano. Evidentemente se refiere, como en el lenguaje de las dictaduras latinoamericanas de derecha, a una “subversión” intelectual interna.

No hay manera de identificar qué subversión es esa, pero el tono es muy parecido al que el propio Raúl Castro utilizó en un discurso de 1996, en el cual acusó a académicos reformistas de “cubanólogos con carnet del partido” porque favorecían la normalización de relaciones con Estados Unidos tras la reelección de Bill Clinton. Veinte años después, el reformismo interno sigue siendo tan o más peligroso para el poder que la disidencia o la oposición. Algo que refuta, también, a quienes fuera de Cuba subestiman el peso de los reformistas dentro de la nación caribeña.

rafael.rojas@3.80.3.65