La generosidad de los asesinos

La generosidad de los asesinos
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Hace unos días Marcelino Perelló publicó en Excélsior su enésima apología de ETA. Es un texto repugnante, pero conviene leerlo para recordar que eso existe todavía.

Comienza con un alarde de cinismo, haciendo exhibición de su desprecio por las últimas víctimas: “No le demos más vueltas. Mataron a dos tiras, y ya”. Insiste, dos párrafos más adelante: “Nunca me ha conmovido que maten a policías o a soldados. Eso eligieron. Van armados y su función es matar o morir. Si les toca, pues que mueran”. Es patético –y muy revelador– que no imagine que pueda haber otra relación entre una sociedad y su policía, sino esa hostilidad indisimulada. Contrasta con el entusiasmo que le inspiran los asesinos: “Reconozco la generosidad de aquellos que deciden ofrendar su sangre y su libertad en nombre de la causa anhelada”. Si la cosa fuese en serio habría que decir que los miembros de ETA han decidido siempre ofrendar la sangre de otros, a los que asesinan con un coche bomba o un disparo en la nuca, no la suya. Y su generosidad consiste en la voluntad de imponer su programa a la mayoría de la sociedad vasca y a Navarra, de paso. No va en serio: es propaganda.

Su fervor le lleva a pedir que no se les llame etarras, “término despectivo”, sino gudaris, es decir, soldados, en euskera. Acaso no ha sabido nunca que la terminación no es más que el genitivo euskérico: donostiarra para quien es de San Sebastián, irundarra para quien es de Irún, etarra para quien es de ETA. Nada más. No le gusta, imagino, porque la palabra etarra remite a una interminable serie de atrocidades. Porque ser miembro de ETA, etarra, implica cargar con un lastre imposible. Y él prefiere que sean una “guerrilla” o un “grupo insurgente”. Y apostar a la desmemoria de sus lectores.

No admite tampoco que se les llame terroristas. Con exquisita delicadeza conceptual dice que “si las acciones agresivas van dirigidas a un cierto sector, entonces el término ‘terrorismo’ es inapropiado”. Bien: ETA ha asesinado a policías y militares, a políticos como Ernest Lluch y Fernando Múgica, a empresarios como Juan Mari Corta y Alejandro Uría, a trabajadores como Isaías Carrasco, Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio, a intelectuales como Francisco Tomás y Valiente, a periodistas como José Luis López de la Calle, a modestos concejales como Miguel Ángel Blanco o Manuel Zamarreño, niños como Silvia Martínez Santiago, jubilados como Cecilio Gallego Alarias, familiares de policías, políticos y guardias civiles, o simplemente compradores de Hipercor. ¿Será apropiado el término “terrorismo”, señor Perelló?

Para curarse en salud dice que le “desmoralizan” los “ataques a civiles”. No menciona ninguno, no los condena tampoco, sólo dice eso, que le “desmoralizan”. Alma sensible, la suya. Y lo explica: “No porque sean inocentes; en este juego nadie es inocente. Pero porque hay algo de fácil y cobarde en ello”. Nadie es inocente. Hay que leerlo otra vez: nadie es inocente. Es decir, son todos culpables. Todos se lo merecían. La niña Silvia Martínez, como el señor Cecilio Gallego que esperaba su autobús en Santa Pola, en Alicante, los dos merecían morir, lo mismo que el concejal del ayuntamiento de Sevilla, Alberto Jiménez Becerril y su esposa, Ascensión García, que merecían morir, lo mismo que las veintiún personas masacradas en el estacionamiento de Hipercor, en Barcelona. Nadie es inocente. La objeción es de orden estético, nada más: hay algo de fácil en ello. Lo que pasa es que hay algo y mucho de fácil y de cobarde en todos los atentados de ETA.

Para salvar la ropa el señor Perelló cambia de tercio. No tienen importancia los atentados, no pasa nada, mataron a dos tiras. Se habla de ello en la prensa porque el “combate al terrorismo” es un “pretexto dorado” para el gobierno español, que quiere “hostigar al movimiento independentista”. Allí comienza el salto mortal hacia la desvergüenza: los etarras “constituyen sólo una parte de ese amplio sector” independentista, dice, y a la vuelta de dos párrafos el “amplio sector” se le ha convertido nada menos que en “el pueblo vasco”. Olvídese usted de los atentados, a lo mejor ni hubo atentados, lo que pasa es que “los gobiernos españoles han convertido el combate a la ETA en el combate al pueblo vasco y sus anhelos de emancipación”. El pueblo vasco, sin fisuras: con ETA. Y el gobierno español contra el pueblo vasco.

Aclaremos. Con cualquiera de sus marcas electorales (HB, EH, EHAK, ANV) los simpatizantes de ETA han llegado a sumar entre cien y ciento ochenta mil votos, es decir, entre el diez y el quince por ciento de los votos válidos, alrededor del ocho por ciento del censo electoral del País Vasco: son “el pueblo vasco” para Marcelino Perelló. El otro noventa por ciento no cuenta: no son vascos, porque seguramente no aprecian la generosidad de los asesinos.

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