La incultura de AMLO

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La parte más débil de López Obrador como político es su bajo nivel educacional: le causa dificultades para expresarse y organizar sus ideas. Además, lo restringe para encontrar el momento adecuado en el que debe manifestar cada palabra.

También es una persona sin buen gusto, lo cual demuestra una estética pobremente cultivada. Sin embargo, eso corresponde al universo de su vida íntima y no debe de incumbir a nadie más que a él mismo o a su familia.

Pero no es el caso de sus limitaciones para conducirse en público, pues ofende a terceros. Así sucedió en su desatino de ayer al referirse a Agustín Carstens: quiso criticar la labor de éste como Secretario de Hacienda, pero de su exiguo macuto de palabras sólo salieron agravios personales.

“No sirve para nada. Es más, no sabe ni comer porque toma mucha Coca Cola y Jugos del Valle, puras aguas puercas, come Sabritas y Gansitos, pura comida chatarra”.

Eso dijo AMLO acerca de una persona seriamente aquejada de obesidad, una enfermedad que afecta al 60 por ciento de la población del país al que quiere gobernar. Como casi siempre, el político tabasqueño perdió una buena oportunidad para quedarse callado.

La obesidad de Carstens se debe a delicados trastornos hormonales que lo obligan a mantener una perpetua dieta alimentaria, la cual excluye, por supuesto, los azúcares y carbohidratos industriales que AMLO considera “puras aguas puercas y pura comida chatarra”.

En el desprecio a Carstens por ser gordo, el ínfimo horizonte cultural del eterno aspirante a la Presidencia de México le impidió darse cuenta de que así muestra desconsideración por buena parte de los electores que busca convencer para que le den su voto.

Una falta de sutileza similar cometió en medio de la crisis sicológica y de salubridad que provocó entre los mexicanos la emergencia por la epidemia de influenza tipo AH1N1, al afirmar: “Qué influenza ni qué ocho cuartos, vamos a seguir adelante hasta que haya democracia”.

Nada más ajeno al “timing” político en un personaje que busca la aceptación popular y, con una frase, agravió tanto a los votantes, como a familiares y amigos de éstos que habían sido afectados por las decenas de muertes comprobadas o sospechosas a causa del virus.

Como sea, la soberbia es parte de la torpeza humana, algo de lo que también suele hacer gala en su preferencia por las descalificaciones personales, desde llamar “chachalaca” a Vicente Fox, “pelele” a Felipe Calderón o “pirrurris” a quienes cree que tienen más dinero que él.

Porque lo único que demuestra López Obrador con esas actitudes insultantes, ofensivas y ordinarias es que pudo ser más ignorante.

Pero le faltó ambición.

ruben.cortes@3.80.3.65

fdm