La invitación

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Repantigado en el mullido sillón de su amplísimo estudio, Gamés se enteró de cosas que no supo si tenían que ver entre sí o eran simplemente, como las galletas, un surtido rico de la vida pública mexicana. Al finalizar la misa de beatificación de Juan Pablo II, el Obispo de Roma saludó a los 16 jefes de Estado que viajaron a esa ciudad con motivo de la ceremonia. En su momento, el presidente Calderón invitó al Papa a México. Según las imágenes del encuentro distribuidas por el Centro Televisivo Vaticano, nuestro mandatario dijo al Sumo Pontífice en inglés: “Santo Padre, gracias por su invitación, gracias a usted y a la Iglesia. Le traigo una invitación del pueblo mexicano. Estamos sufriendo por la violencia. Ellos lo necesitan más que nunca, estamos sufriendo. Lo estaremos esperando”.

Gil sudó frío y caliente y supuso que “ellos” somos los mexicanos,

y que “sufrimos por la violencia” somos todos y que “lo estamos esperando” es una frase que contiene un porcentaje de mexicanos entre los que desde luego no se cuenta Gilga. Si el Papa viene o no viene le da exactamente igual. No, error, no le da igual, Gil detesta que el Papa venga a México.

Gamés se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: esta invitación no ha sido como jefe de Estado, sino como líder religioso. Aquí empieza un crujidero de dientes: si Gilga no se engaña, la religión de cada cual es un asunto privado que puede ser público, pero siempre a título privado. ¿Pensará el Presidente que sólo un milagro de Juan Pablo podrá erradicar la violencia? Pues si no lo cree, lo parece. ¿Pues no que íbamos tan bien? Ahora resulta que sufrimos y que de plano necesitamos al santo padre Benedicto XVI.

El presidente Calderón viajó con una comitiva de diez personas. Desde luego estuvieron presentes Norberto Rivera y Juan Sandoval Íñiguez. Gamés perdió la paciencia: comuníqueme con Alejandra Sota. Por favor, repita con Gamés: Las autoridades religiosas no son autoridades morales ni legales: pueden establecer lo que es pecado para sus feligreses, no lo que ha de ser delito para todos los ciudadanos ni indecente para el común del público. El autor de estas líneas es un autor muy conocido. ¿Adivine? Fría, fría. Una pista: ese escritor está de visita en México. ¿No? ¿No le digo, Alejandra? El laicismo consiste en resguardar las instituciones y las leyes civiles de la férula religiosa. ¿No damos?

Gil supone que Juan Pablo II debe estar ocupadísimo recibiendo peticiones a granel de milagros provenientes de todo el mundo. Por esta razón no pedirá de momento que ocurra un milagro en México y de la noche a la mañana nuestra clase política se convierta en algo menos brumoso, resquebrajado, opaco, hirsuto, de lo que flota sobre el agua mexicana. No tiene caso. Si usted oyó hablar, qué dice Gil hablar, vociferar, qué dice Gil vociferar, aullar a los panistas aspirantes a la candidatura presidencial durante la pasarela de las ilusiones estará de acuerdo con Gamés.

Santiago Creel se enredó en la bandera azul del panismo y no se anduvo por las ramas, hasta se espantó el pobre de Gilga: “Habíamos dejado ya el Congreso dominado por el Presidente. ¿Y ahora quieren regresar estos cínicos a que un gobernadorcillo controle la Cámara de Diputados? No se los vamos a permitir, por más encopetado que esté ese gobernador”. Una cosa es segura: si hay gobernadorcillos, también existen los senadorzuelos; y si hay diputadorcillos, seguro existen los liderzuelos, y, en fin, así hasta que ocurra el milagro que esperamos de Juan Pablo II.

Y ya, por favor, no nos asuste, Santiago, que no ganamos para sobresaltos. Cuentan que cuando le hablaban a Liópez de su adversario Creel le gustaba decir del senador: es un bombón.

La frase de Victor Hugo fue breve y espetó: “La tolerancia es la mejor religión”.

Gil s’en va

gil.games@3.80.3.65