La juventud de hoy

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Por:

Eugenio Lira Rugarcía

Hace unos días celebramos el Día Internacional de la Juventud, oportunidad para reflexionar en las cualidades, inquietudes, aspiraciones, necesidades, oportunidades y problemas de los jóvenes y ofrecerles apoyo para alcanzar un pleno desarrollo integral.

La juventud es una etapa de intenso conocimiento de uno mismo y de la realidad; de necesidad de relación, cariño, reconocimiento, compañía y apoyo; de generosidad y deseo de hacer que todo mejore; de ir definiendo los grandes ideales y proyectos de vida a fin de alcanzar la meta de toda búsqueda humana: la felicidad.

Pero ¿cómo son en concreto los jóvenes de hoy? Aunque es imposible generalizarlos, sí encontramos algunos rasgos comunes: poseen una enorme vitalidad física, sexual, emocional y mental. Cuidan más su salud y tienen mayor conciencia ecológica. Les ha tocado vivir grandes adelantos y cambios acelerados, lo que les permite acceder a mejores condiciones de vida y adaptarse con rapidez a las nuevas situaciones. Han recibido mucha información y han vivido diversas experiencias.

Para ellos el mundo globalizado es como su casa. Gracias a las modernas tecnologías —que manejan con pericia— son capaces de relacionarse con personas de diferentes países, razas, ideologías y credos, lo que los hace más abiertos y tolerantes a la diversidad. Tienen ganas y capacidad de conocer, aprender y disfrutar. Manifiestan disponibilidad al voluntariado. Quieren participar y hacer algo por los demás.

Sin embargo, en muchos casos sus padres no supieron transmitirles referencias culturales, religiosas y sociales. Por eso tienen muchas dificultades para entrar en sí mismos, conocerse y encauzar sus sensaciones y emociones, lo que les hace vulnerables a la manipulación y a la búsqueda de compensaciones por medio de gratificaciones primarias (sexo, modas, alcohol, tabaquismo, drogas) y mundos virtuales o extremos.

Sobreestimulados por la tecnología y el mercado, padecen una severa dispersión. Aun hipercomunicados, se sienten solos e incapaces de relaciones sólidas y estables. La educación superficial y pragmática que han recibido los hace acríticos respecto a la información que reciben, las experiencias que viven y las diversas formas de pensar y actuar. Abrumados ante una realidad que perciben fragmentaria, incomprensible y sin horizonte, optan por vivir el instante presente como única certeza, sin proyectos ni compromisos a largo plazo.

No obstante, buscan vínculos que les permitan superar la soledad y el aislamiento. Quieren que se les tome en cuenta y estar presentes e incisivos en la civilización de la imagen. Y, sobre todo, buscan una respuesta a la pregunta de identidad y de sentido. Ante este panorama, es preciso estar con ellos, escucharlos, dialogar y caminar juntos en el conocimiento de la realidad, para que, reconociendo valores universales, puedan asumirlos y compartirlos.

De esta manera podrán elegir lo que realmente les edifica física, sexual, afectiva, intelectual, espiritual, profesional, laboral, familiar y socialmente y podrán ser protagonistas en la construcción de una familia, un noviazgo, una escuela, un ambiente juvenil, un trabajo, una Iglesia, una comunidad, un municipio, un estado, un país y un mundo mejor para todos.

*Obispo auxiliar de Puebla y secretario general de la CEM

Twitter: @MonsLira