La legión de la inmoralidad

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Otto Granados

Hace tiempo, probablemente desde principios de los años ochenta, que no se escucha ninguna argumentación de tipo moral en la vida pública mexicana. Es algo que no existe en este país. Ahora bien, se entiende, aunque no se justifique, que eso ocurra en el universo de la política, de los negocios o de las finanzas: no es su lenguaje. Pero es detestable que en el aspecto religioso, o, en otras palabras, en el espacio espiritual al que mucha gente se acoge, se haya perdido de manera tan notable cualquier consideración moral en un terreno que, aun para quienes no profesan ninguna creencia de este tipo e incluso se opongan a ellas, importa.

La noticia reciente de que el Vaticano investiga a siete sacerdotes miembros de la Legión de Cristo, la prelatura fundada por Marcial Maciel, por presuntos abusos sexuales en contra de menores que tenían bajo su cuidado, es sencillamente repugnante y es el ejemplo más visible del cinismo y de la inmoralidad que invadió no sólo a su patriarca, durante su largo reinado, sino, por lo visto, al conjunto de esa organización y a quienes, como Álvaro Corcuera, Luis Garza Medina, Emilio Díaz Torre y otros, ayudaron, toleraron, encubrieron y quizá mucho más, los delitos no sólo de Maciel sino de lo que parece haber sido delincuencia organizada.

Pero el problema fundamental, ahora, es esa especie de complicidad en la que ha caído el interventor del Vaticano y, de hecho, quienes formaron parte de la comisión encargada de averiguar la corrosión, como el obispo mexicano Ricardo Watty, pues ellos saben muy bien que el futuro de la prelatura no es otro sino su desaparición, la reasignación de los activos inmobiliarios y educativos al propio Vaticano y la concentración en éste del patrimonio financiero que, por décadas y muy posiblemente mediante mecanismos fiscal y legalmente delictivos, acumularon Maciel y la satrapía que lo acompañaba.

Benedicto XVI tiene claro —o debiera tenerlo— que es imposible continuar con el proceso de canonización de su antecesor, que igualmente solapó a Maciel y permitió la diseminación de una suerte de abundantes sobornos por parte del cura mexicano entre la cúpula vaticana, y que su papado terminará manchado, para la historia, si no procede a la disolución de la prelatura. Es comprensible que se haya tomado tiempo para descifrar y controlar la endiablada ingeniería con que Maciel y su banda manejaron las finanzas de la organización, pero ha llegado el momento de que tome una decisión drástica y definitiva.

No hay paliativo alguno que aminore la culpabilidad de la legión, sí, de la legión como organización. Maciel fue el responsable más directo pero en modo alguno el único. Los abusos, la corrupción, la traición y la inmoralidad parecen haber sido la práctica común dentro de una agrupación que, por lo demás, ha nutrido largamente la catadura ética de las élites mexicanas. Y, por cierto, educado.

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