Martes 1.12.2020 - 08:59

La muy noble y leal Ciudad de México

Juárez, siempre Juárez
Por:

La ciudad de los palacios, la muy noble y leal Ciudad de México es una expresión jamás tan precisa como después del terremoto. “Grandeza mexicana”, le cantaba Bernardo de Balbuena en 1604:  “tiene esta gran ciudad sobre agua hechas/ firmes calzadas, que a su mucha gente/ por capaces que son vienen estrechas”. “Por capaces que son vienen estrechas”, un verso tan vigente hoy como hace cuatro siglos, describe a la perfección la gigantesca muchedumbre que corre a prestar auxilio.

En los centros de acopio sobran voluntarios y comida. Se dice muy rápido, se siente más fuerte. Sufrimiento y solidaridad compartidos. En estos días no hay hombres, mujeres, niños, jóvenes, identidades sexuales, clases sociales, grupos étnicos. Hay una raza humana apoyando permanentemente a sus integrantes.

El eco de las frases se repite en las calles y en las redes sociales, pero no suena hueco. “¿Está usted bien?”, “¿necesita algo?”, “Use mi teléfono”, “¿A dónde lo llevo?”, “¿quiere comida?”, “mi casa está abierta si requiere dónde quedarse”. Hay albergues incluso para mascotas. Amas de casa, obreros, médicos, oficinistas, enfermeras, vendedores, ingenieros, empresarios. México entero ayudando, pero no está solo, la cobertura de la prensa internacional y los apoyos de otros países se suceden en cascada. La naturaleza nos recordó nuestra inmensa vulnerabilidad y también la capacidad latente en cada uno para hacer el bien.

Ver colapsadas calles y construcciones que uno recorre cotidianamente produce una conmoción que no le deseo a nadie. El desamparo es hondo. No obstante, el optimismo se manifiesta con vigor. Ayer, a una cuadra de distancia de donde iba caminando, observé a una adolescente con diecisiete o dieciocho años, cargada de bolsas de supermercado. Apenas podía con ellas y se detuvo en la esquina cuando un automóvil se paró a su lado. La muchacha verificó en su teléfono si era el taxi que pidió. Pensé en el monstruoso crimen de Mara, apenas ocurrido en Puebla la semana pasada. “Hola, ¿señor Eduardo?, soy Luisa, yo pedí el Uber ¿Cómo están usted y su familia? ¿Cómo les fue con el temblor? ¿Me lleva al centro de acopio del hospital, por favor?”. No sé por qué me llegó tan profundo. La niña simplemente preguntó cómo estaban el chofer y su familia, pero nunca antes los había visto ni los volvería a ver y le preocupaba su bienestar. Ella no tuvo miedo de un desconocido porque en su corazón llevaba la encomienda de ayudar, igual que muchísimos mexicanos levantando escombros bajo la lluvia. Isabel Zapata, la poeta de mi generación, escribió ayer: “Cuando me pregunten de dónde soy, diré: soy de la ciudad que no se rompe”. Así vive y conmueve la Ciudad de México en estos días.