La reforma de Salud de Obama

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Hay varios modos para medir el éxito de un gobierno; desde los indicadores macroeconómicos hasta el índice de felicidad de los ciudadanos. Sin embargo, el gobernante modelo del siglo XXI tiene, además, la presión mediática: cada batalla perdida será conocida, analizada y juzgada por los votantes y por el mundo entero. En su momento, Bill Clinton perdió la reforma de salud y, junto con ella, varios puntos de popularidad y liderazgo.

Nadie duda de la necesidad de la reforma de salud; sin embargo, ¿era éste el mejor momento dentro de la administración Obama para atreverse con este “pequeño asunto”? Norteamérica se encuentra sumida en la crisis económica más profunda que haya visto la historia y, precisamente por ello, la decisión del Presidente no podía ser más oportuna: apoyar a la salud es reactivar la economía, pues invertir no es lo mismo que gastar. Obama enfrenta el derecho a la salud no con una reforma de decreto, sino con una reforma de hechos.

Grosso modo, la reforma tiene cuatro puntos neurálgicos: primero, impedir las prácticas discriminatorias por parte de las aseguradoras –cubrir enfermedades preexistentes y no cobrarle más a las mujeres–; segundo, comprometer a los ciudadanos a adquirir un seguro y a las empresas a cooperar con las cuotas subsidiadas; tercero, apoyo directo del gobierno para los ciudadanos que más lo necesiten; y, cuarto, creación de una aseguradora federal que compita en el mercado y con ello equilibre el costo de las primas.

Es decir, ponerle freno a las aseguradoras de “letra chiquita” y garantizar el mínimo de atención sanitaria para todos los ciudadanos. No caigamos en el lugar común de interpretar este tipo de reforma como un modo más de esquema socialista; lo que realmente está en juego es garantizar la igualdad entre los ciudadanos frente a las posibilidades de discriminación que ofrecen los descubrimientos en torno al genoma humano.

¿Y en México qué? Es patente que aquí la salud es un tema de privilegio: hay enfermos, médicos y hospitales de primera y de segunda. Es necesaria una reforma efectiva que cubra, realmente, a los más necesitados; que limite las despiadadas prácticas mercantiles de las aseguradoras y que, al mismo tiempo, resuelva la mala distribución de los médicos, de los recursos y de los centros de salud. No se trata de que los mexicanos “ya no se enfermen” –como en su momento propusieron algunos–; sino de invertir para garantizar el acceso a servicios médicos de calidad. La salud no puede ser un lujo.

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fdm