La región más transparente del aire

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:
  • jaume

La que otrora fuera la región más transparente del aire ahora casi siempre está cubierta por una neblina parda y, para colmo, tóxica. Cuando uno mira hacia el cielo se le cae el ánimo al suelo. Sin embargo, de vez en cuando sopla un fuerte viento y el Valle de México recobra, aunque sea por unas horas, esa maravillosa claridad que le brindó fama en el mundo entero.

Un cielo azul, salpicado de altas nubes blancas, siempre ha sido saludable para el cuerpo y para el alma. Uno de los momentos más conmovedores de la novela La guerra y la paz, de León Tolstoi, trata precisamente del efecto que tiene un cielo despejado sobre un hombre que se siente cerca de la muerte.

En la batalla de Austerlitz el príncipe Andrés Bolkonsky cae herido en el campo de combate. Acostado boca arriba, sintiendo cómo se desangraba lentamente, vio el cielo y tuvo una epifanía. A su alrededor había un ruido infernal. Miles de hombres se estaban matando poseídos por la locura. Pero arriba, en el cielo, había una tranquilidad absoluta. Andrés era un hombre que tenía todo en la vida pero que era infeliz. Para escapar de una vida sin sentido se había enlistado en el ejército. Entonces se reconcilia con la vida que antes había despreciado. El cielo azul de Austerlitz le había dado una lección sin palabras.

La batalla termina y Andrés sigue tirado sobre el césped. Pasan las horas y Napoleón Bonaparte, vencedor de la batalla, recorre sobre su caballo el campo cubierto de cadáveres. Entonces el emperador repara en Bolkonsky; se percata de que se trata de un oficial, pero además de un hombre fuera de lo común. Los servicios médicos franceses lo recogen y lo llevan a su hospital de campaña. Andrés es consciente de que el gran Napoleón Bonaparte le ha salvado la vida. Pero eso le viene sin cuidado. La gloria y la vanidad del mundo ya no le interesan. Su visión del cielo le ha dado una perspectiva de la existencia en la que cada cosa tiene su sitio justo y su valor preciso.

Los habitantes de la Ciudad de México luchamos todos los días para sobrevivir en este monstruo urbano que nosotros mismos hemos creado.

Vivimos rodeados del ruido más atroz, de los olores más desagradables, del polvo más pertinaz. Hemos destruido un valle que mereció la admiración de propios y extraños. Por eso, cuando los vientos soplan y nos regalan un día claro, nos parece que experimentamos un fenómeno celeste extraordinario, como si fuera una aureola o un eclipse.

El príncipe Bolkonsky encontró en el alto cielo azul una reconciliación con la vida. ¿No podríamos nosotros buscar en los raros días despejados una inspiración para cambiar nuestra situación? ¿Sería demasiado pedir que intentáramos volver a vivir en la región más transparente del aire?

guillermo.hurtado@3.80.3.65

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