Jueves 24.09.2020 - 05:59

La revolución devora a sus hijos

La revolución devora a sus hijos
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No me gusta comentar los libros cuando no están aún disponibles para el lector, pero hoy haré una excepción con Un asunto sensible, la obra que acaba de publicar el escritor español Miguel Barroso. Lo hago por dos motivos: porque es un libro apasionante sobre los albores de la revolución cubana (que justamente ayer cumplió 51 años) y porque la tienda en línea Amazon anuncia que estará disponible a partir de marzo. Esta empresa lo ofrece, incluso, a un precio mucho más económico que las librerías de Madrid, adonde ha llegado hace unos tres meses.

Como lo indica el subtítulo, Tres historias cubanas de crimen y traición, se trata de un thriller o, más bien, de una investigación sobre hechos reales con los recursos de la ficción para iluminar las zonas aún oscuras de aquellos acontecimientos históricos. Barroso, que había publicado anteriormente una novela negra que transcurre en La Habana de los años 50 (Amanecer con hormigas en la boca), nos cuenta ahora una de esas tragedias con trasfondo político que salpican la historia de la revolución cubana.

El autor se ha interesado por las tribulaciones de Joaquín Ordoqui, un personaje poco conocido y olvidado por muchos, a pesar de su indudable relevancia dentro del triángulo altamente conflictivo que formaron Cuba, la URSS y EU en los años 60. Es una más de las numerosas víctimas de Fidel Castro, convertido por el poder absoluto en un Saturno que devora a los hijos de la Revolución, desde Camilo Cienfuegos, Gutiérrez Menoyo, Carlos Franqui, Huber Matos o Martha Frayde hasta el general Ochoa y los hermanos De la Guardia.

Todo empieza en abril de 1957, después del sañudo asesinato, a manos de la policía, de cuatro estudiantes del Directorio Revolucionario (DR) que habían intentado matar pocos días antes al dictador Fulgencio Batista. Alguien reveló el lugar donde estaban escondidos. Se sospechó inmediatamente de un militante de la Juventud Comunista, Marcos Rodríguez, Marquitos, amigo de una de las víctimas.

El DR y el Partido Socialista Popular (PSP, comunista) mantenían profundos desacuerdos sobre los métodos de lucha para derrocar a Batista. El primero privilegiaba el recurso a la violencia, mientras el PSP, muy acomodaticio con el poder y siguiendo las instrucciones de Moscú, había optado por la vía pacífica. Un tercer grupo, el Movimiento 26 de Julio, estaba dirigido por Fidel Castro, que había zarpado desde México a finales de 1956 y encabezaba una columna guerrillera en la Sierra Maestra.

Después del triunfo de la revolución, en enero de 1959, Fidel Castro logró imponerse y se apoderó poco a poco de las tres organizaciones. El libro de Miguel Barroso relata con detalles fascinantes una de las jugadas maestras de Castro, que consistió en resucitar el caso Marquitos, siete años después de los hechos, para ajustar cuentas con la vieja guardia comunista y mandar un mensaje claro a los títeres cubanos de Moscú y a la propia URSS: él, y sólo él, mandaba en la isla. Cuarenta y cinco años más tarde, las cosas no han cambiado y, a pesar de la enfermedad del líder, el fidelismo ha sobrevivido al comunismo.

El juicio abierto en 1964 contra el joven comunista, finalmente fusilado por haber delatado a los cuatro militantes del DR, sirvió de pretexto para golpear a dos cuadros importantes del antiguo PSP, Joaquín Ordoqui y su esposa, Edith García Buchaca, que ocupaban entonces altos cargos en el gobierno (viceministro de las Fuerzas Armadas y ministra de la Cultura, respectivamente). Ambos fueron acusados de haber protegido y encubierto a Marquitos cuando huyó a México, donde Ordoqui y Buchaca estaban exiliados.

El matrimonio se salvó en un primer juicio. Meses después, Ordoqui fue detenido y acusado de colaboración con la CIA. Castro se encargó personalmente del proceso. Ordoqui finalmente recibió una sentencia que podía considerarse leve, dada la gravedad de los cargos: fue condenado a arresto domiciliario y vivió el resto de su vida encerrado con su familia en una finca cerca de La Habana. ¿Por qué no fue sentenciado a muerte o a una larga pena de cárcel, como tantos otros? Según Barroso, que aporta datos documentados, las enormes presiones de Moscú sobre Castro impidieron la ejecución de su hombre en La Habana.

Lo más interesante del libro está en la investigación que hace el autor sobre el papel de la CIA en el caso Ordoqui, especialmente la actuación de los agentes estadounidenses en México, que intoxicaron a sus colegas cubanos en el Distrito Federal sobre la supuesta traición del viceministro comunista. Al final me quedé con una duda: ¿Fidel Castro cayó en la trampa de la CIA o se aprovechó de ella para librarse de sus rivales comunistas?

bdgmr@yahoo.com

agp