La voz del pasado

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Por:

Rojas Rafael

Por algún cálculo deliberado o un azar protocolario, el viaje de John Kerry con el propósito de izar la bandera de Estados Unidos en la nueva embajada de ese país en Cuba, se produjo al día siguiente del cumpleaños 89 de Fidel Castro. El anciano ex dictador de Cuba no podía dejar pasar la ocasión para rendir testimonio de su incomodidad con la negociación en curso entre Washington y La Habana, que ha logrado el restablecimiento de vínculos diplomáticos entre esos dos enemigos históricos de la Guerra Fría.

El 13 de agosto fue un día agitado para el convaleciente líder cubano. Castro publicó en el periódico oficial del Partido Comunista de Cuba un artículo en el que demandó a Estados Unidos indemnizar a la isla por los daños ocasionados por el embargo comercial que decretó

Washington después de las expropiaciones de sus principales negocios entre 1960 y 1961. Esa exigencia de indemnización es la demanda más extrema que, retóricamente, maneja el gobierno cubano, a pesar de que en la negociación en curso ha sido dejada a un lado con el fin de avanzar en la normalización diplomática.

Como es sabido, el gobierno cubano no indemnizó a Estados Unidos por las expropiaciones de los primeros años de la Revolución. De hecho, la reorientación de las relaciones internacionales a favor de la Unión Soviética y el campo socialista se presentó como una elección ideológica del Estado luego de 1959, que dejaba atrás el vínculo histórico con Washington. Estados Unidos representaba, en la ideología oficial, el imperialismo que había que confrontar por medio de la difusión mundial del marxismo-leninismo.

Naturalmente, en su larga reflexión del 13 de agosto, en Granma, Castro no se refirió a la visita de John Kerry. Ese acontecimiento histórico no puede ser reconocido oficialmente como un hito por los medios gubernamentales de la isla porque desestabiliza uno de los pilares simbólicos del régimen cubano. Relacionarse con Estados Unidos como “vecino”, al decir de Kerry, implica para La Habana no ver a Washington como “enemigo”, algo inconcebible desde una ideología oficial que se asume como “antimperialista”.

En consonancia con el evidente malestar de Fidel Castro con el proceso de normalización diplomática, los medios de comunicación de la isla han destacado en sus primeras planas el cumpleaños del líder histórico y los mensajes y visitas de sus aliados bolivarianos Nicolás Maduro y Evo Morales. Frente a la presencia de John Kerry, el primer Secretario de Estado que viaja a la isla en 70 años, el gobierno cubano exhibe sus vínculos con los gobiernos bolivarianos como una evidente compensación simbólica.

La manera en que el régimen cubano ha conducido mediáticamente el proceso de normalización se aferra a Fidel Castro como una voz del pasado. La improvisada visita de Maduro y Morales se inscribe en esa burda fabricación de una opacidad en torno al restablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y Cuba. La resistencia a que el pueblo de la isla entre en contacto directo con el proceso de normalización diplomática no podría ser más evidente y deja al descubierto la inseguridad ideológica con que el sector más duro de la clase política cubana asimila la nueva era bilateral.

Fidel, Maduro, Morales y todo el sector de la izquierda global, aferrado al mito de la Revolución Cubana, son voces del pasado. Presencias interesadas en detener el tiempo, cuya aceleración tras el 17 de diciembre de 2014, pone en crisis los valores tradicionales de un régimen político basado en la exclusión. Fidel Castro y sus aliados en la izquierda bolivariana se alinean en el rechazo a la normalidad diplomática y en la búsqueda obsesiva de justificaciones externas para la ausencia de libertades públicas en Cuba.

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