Las dificultades de ser cristiano

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:
  • larazon

Estamos en el fin de semana más importante para los cristianos. Se conmemoran la muerte y la resurrección del Nazareno. Reflexiono en que ser cristiano no reporta ventajas en esta vida. Tampoco en la que viene.

En buena teología, la promesa de salvación es universal. Cualquier justo ganará el cielo con independencia de religión, posición política o situación cultural. Incluso, al final de los tiempos, en la resurrección, el pueblo judío será recibido por Dios antes que cualquier otro por ser el primero entre los elegidos, no el de los bautizados. Acaso, los cristianos nos quedaremos a cuidar la puerta para que ningún justo se quede afuera. Y conste que hablo de bulto, pues no la tengo comprada.

A los bautizados se nos pide, en cambio, asumir el compromiso de decir lo que nadie quiere oír, tratar con quien nadie quiere tratar, ocuparnos de quien nadie se ocupa, avivar la esperanza contra toda desesperanza, ser inocentes como palomas y astutos como zorros. Ser granos de mostaza, sal de la tierra, luz del mundo, que no rompamos la caña quebrada y que busquemos la santidad. También, vivir en oración personal y comunitaria, ¡acudir a misa cada domingo!, frecuentar los sacramentos y estar atentos a los signos de los tiempos. Y, por si fuera poco, hay que hacerlo de buenas, con alegría y caridad. ¿A cambio de qué? De cargar la cruz. ¡Vaya promesa!

Si uno se mete por este camino la vida se complica. Se corre el riesgo de que nos vean como bichos salidos de otro planeta, empezando por nuestros hijos adolescentes y jóvenes, sin más consuelo que un esperanzado (¿resignado?) “ya madurará y se dará cuenta”. Más seguro es que fuera de casa nos bloqueen por no ceder a ciertas cosas y quien lo dude que le pregunte a las mujeres. La burla y la parodia se dan por descontadas. La sacrofobia en que nos movemos, para algunos, puede traducirse en persecución abierta y, para otros, en acoso cultural. Hay que considerar, además, que los cristianos no tenemos el monopolio de la virtud. Las inconsistencias personales y las de nuestros hermanos serán causa de escarnio y nos harán dudar.

Como diría el clásico de Ciudad Juárez: “pero ¿qué necesidad?, ¿para qué tanto problema?” La verdad es que no se empieza a ser cristiano por la adhesión a una filosofía, a un sistema moral o ideológico, mucho menos para pertenecer al club de los elegidos. Se empieza a ser cristiano por un encuentro con una persona que cambia nuestra existencia radicalmente y cuyo amor nos compromete con ternura, que se deja sentir en la intimidad de la oración, en el prójimo, en la familia, en la liturgia, en los sacramentos y, sobre todo, en la eucaristía en que conmemoramos su muerte y resurrección, en que celebramos su presencia entre nosotros tan real como pan y vino, tan cercana como la vivieron los peregrinos de Emaús.

Lo dicho. Ser cristiano no reporta ninguna ventaja acorde a la lógica del mundo. Ahora bien, el mismo Jesús aclaró que su reino no es de este barrio. Sobre advertencia, no hay engaño.

jtraslos@hotmail.com