Leer para creer

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Pocas cosas ocurren en Europa al unísono, exceptuando los actos de gobierno y otros de tipo más administrativo. Cada país sigue teniendo, a pesar de todo y la tendencia a la uniformidad, sus querencias, sus ideas fijas y sus costumbres; también, su cultura. Tampoco es tan común, aunque las campañas de marketing anuncien lo contrario, que un cierto autor encuentre el mismo eco en el Reino Unido que en Francia, en Alemania o en España.

Pero el “fenómeno Stieg Larsson”, como lo han etiquetado ya los amantes de las exageraciones, recorre Europa de manera imparable: incluso en Francia, un país de buenos lectores donde los haya y donde aún sobreviven contra viento y marea miles de pequeñas librerías, la trilogía “Millennium” ocupa los primeros lugares en las listas de libros más vendidos. Si antes fue Harry Potter, ahora son las aventuras de un periodista y una hacker las que parecen satisfacer la imaginación de los europeos.

Tal como sucede cada vez que un libro se vende por millones, también ahora cuesta mucho encontrar a alguien, un crítico cualquiera, que en el momento de mayor fervor escriba algo así como “señoras y señores, eso no vale nada, pero nada de nada”. Quizás sea porque los críticos independientes lo son tanto que sólo es posible hallarlos si uno los busca mucho y, claro está, tampoco suelen tener tiempo ni ganas para comentar libros que, bien saben, morirán como nacieron. De modo que lo que prima, con libros como los de Stieg Larsson ahora, es el falso consenso de que “si vende tanto, por algo será” y se multiplican las especulaciones para intentar comprender en qué radica la “fórmula del éxito”: porque ocurre en Suecia, dicen unos,; el autor falleció antes de ver publicada su obra, de un infarto al corazón y con sólo cincuenta años, se alega también como otra posible explicación; o se habla de los protagonistas, Mikael Blomvist y Lisbeth Salander, con admiración, como “héroes” que casi sin proponérselo terminan luchando juntos y en soledad contra la corrupción moral del mundo.

Que un libro de aventuras como el primer volumen de la trilogía, “Los hombres que no amaban a las mujeres”, tenga tanto éxito, no es de extrañar. El marketing funciona bien; es verano y la gente busca algún libro que le entretenga lo suficiente en la playa o al borde de la piscina… El problema surge cuando deja de distinguirse un buen libro de otros que son simple entretenimiento o cuando el mismo padre del autor manifiesta su oposición a que se publique inconcluso un cuarto volumen alegando que eso sería “como si Picasso hubiera pintado la mitad de un cuadro y Matisse hubiera pintado la otra mitad”, y nadie dice nada… pero, ¿todavía hay diferencias, no? O eso pensamos algunos.

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