Legar un mañana

Las sombras de Gray
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Los filmes que muestran grandes desastres suelen ser taquilleros. Los disfrutamos, junto al combo de hot dogs, nachos y refrescos, sin exigir factura artística ni actuaciones memorables. El superhéroe que salva el mundo de la invasión alienígena, el padre que enfrenta la extinción masiva en busca de sus hijos, la científica que halla la cura para la pandemia global. Son episodios hollywodenses de nuestro divertimento cotidiano. Así nos imaginamos el “fin del mundo”.

Sin embargo, las amenazas a nuestra especie —y a toda forma de vida sobre el planeta— suelen tener tintes menos espectaculares, pero más reales y terribles. Hace unos días, los expertos del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU publicaron un reporte (http://www.ipcc.ch/report/sr15/ ) sobre el calentamiento global. En éste alertaban sobre los efectos de crecimientos de 1,5 y 2 centígrados para los próximos 20 años. Reconociendo que la actividad humana —incluidas las revoluciones industriales del siglo XIX y XX— ya ha causado aproximadamente un grado centígrado de calentamiento. Y que los últimos tres años (2015, 2016 y 2017) fueron los más cálidos registrados desde 1880.

El calentamiento global está propiciando huracanes, derretimiento de hielos polares, sequías, extinción de arrecifes coralinos y olas de calor inéditas. Las estaciones tienden a hacerse extremas, en particular el verano. Y la producción de alimentos o la sobrevivencia de naciones insulares —en ambos casos en el Sur global— pueden verse seriamente amenazadas.

Para limitar el calentamiento a 1.5 grados —el menos nefasto de los escenarios— se requiere reducir, de aquí a doce años, las emisiones de dióxido de carbono a menos de la mitad de los niveles de 2010 y su eliminación completa para 2050. Es decir: disponemos de poco más de tres décadas para transformar radicalmente nuestros esquemas de crecimiento, patrones de consumo, modos de producción global de energía e infraestructura de transporte.

Si el capitalismo —el sistema económico vigente a escala planetaria— es capaz de pintarse de verde y cambiar sus procesos predadores de la vida, tal vez haya oportunidad para las futuras generaciones. Alemania y China, cada una desde sus modelos y responsabilidades como naciones industrializadas de enorme crecimiento, están considerando seriamente el asunto en sus planes de desarrollo. Las regulaciones públicas —por la vía de los gobiernos, concertados a nivel global— y las presiones ciudadanas —a través de las campañas, organizaciones y movimientos sociales— deben ayudar en semejante meta. Ya no se trata de ubicar el Apocalipsis en el asteroide invisible o el virus asesino. Es aquí y ahora, en el daño que, como especie, hacemos al ecosistema global, donde decidiremos si habrá un mañana digno de legar a nuestra descendencia.