Martes 1.12.2020 - 11:24

El lenguaje de la amenaza y la realidad del peligro

Ecuador: el Estado en jaque
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El discurso de Donald Trump ante la pasada Asamblea General de la ONU, en Nueva York, ha sido, probablemente, la más burda muestra de la vieja agresividad intrínseca de la política exterior de Estados Unidos. Hablamos, siguiendo a Perry Anderson, de una agresividad que forma parte del excepcionalismo originario de ese sistema político y que atribuye a Washington el rol de garante de la democracia y los derechos humanos en el mundo.

[caption id="attachment_639646" align="aligncenter" width="1068"] Donald Trump en Huntsville, Alabama, ayer.Foto: AP[/caption]

Nunca antes, ni en tiempos de la Guerra Fría o de la “guerra contra el terror”, ni en los de Ronald Reagan o de George W. Bush, fue tan hostil la retórica de un presidente de Estados Unidos hacia la comunidad internacional. Lo curioso es que Trump no justifica esa aspereza con el principio de la universalidad de los valores democráticos sino con un enfoque soberanista, resumido en el eslogan “America First”. No es el respeto a la democracia sino el respeto a la soberanía el que justificaría actuar contra algunas dictaduras, con o sin el aval de la ONU.

Trump llamó a la “destrucción total” de Corea del Norte, al abandono del tratado nuclear con Irán, a mantener las sanciones económicas contra el gobierno “corrupto y desestabilizador” de Cuba y a “enfrentar a la dictadura socialista” de Venezuela. Esta última definición, que debió sonar chocante a toda la izquierda venezolana y latinoamericana que se opone al régimen de Nicolás Maduro, no fue gratuita, ya que Trump agregó que, a su entender, lo dictatorial del chavismo y el madurismo proviene de la aplicación fiel de los principios socialistas, antes adoptados en la Unión Soviética, Corea del Norte y Cuba.

En el siglo XXI no basta demandarle cordura a Washington. También hay que demandársela a esos gobiernos que, por simpatía ideológica o lealtad geopolítica, respaldan los persistentes lanzamientos de misiles de Corea del Norte, que violan la soberanía de Japón y destruyen amplias zonas del Pacífico

El lenguaje de Trump es una mixtura ultraconservadora del anticomunismo de Nixon y Reagan y el antiterrorismo de los Bush, pero degradada por una soberbia unilateral sin precedentes. Un despotismo global que confronta cualquier amenaza o peligro con más amenaza y más peligro. Uno de los peores efectos de ese lenguaje es que conduce a muchos a relativizar fenómenos reprobables como las pruebas nucleares de Corea del Norte, el terrorismo del Estado Islámico o la, en efecto, naturaleza represiva y excluyente de los gobiernos cubano y venezolano.

Las respuestas de Kim Jong-un, Hassan Rohani y Nicolás Maduro al discurso de Trump han evidenciado, una vez más, la confluencia de esos cuatro líderes en el lenguaje de la amenaza. Lo decisivo, para la paz global, es que dicho lenguaje no atice la realidad del peligro, que en los casos de Corea del Norte e Irán puede derivar en choques nucleares. La creciente multipolaridad del mundo y la delicadeza de los conflictos en la península coreana y el Medio Oriente, demanda de Estados Unidos y su liderazgo una posición más de “consilium” que de “imperium”, como la que apenas esbozó Barack Obama.

Trump llamó a la “destrucción total” de Corea del Norte, al abandono del tratado nuclear con Irán, a mantener las sanciones económicas contra el gobierno “corrupto y desestabilizador” de Cuba y a “enfrentar a la dictadura socialista” de Venezuela

Pero en el siglo XXI no basta demandarle cordura a Washington. También hay que demandársela a esos gobiernos que, por simpatía ideológica o lealtad geopolítica, respaldan los persistentes lanzamientos de misiles de Corea del Norte, que violan la soberanía de Japón y destruyen amplias zonas del Pacífico. Por miedo a secundar a Trump o a perder autonomía frente a Estados Unidos, la comunidad internacional no puede desentenderse de la peligrosidad del régimen norcoreano.

No hay tal “eje del mal”, como decía Bush, ni club de “regímenes canallas”, como dice Trump. Sin embargo, es un hecho que dos de los pocos gobiernos que respaldan la carrera armamentista de Corea del Norte, que hasta China y Rusia reprueban, son el cubano y el venezolano. Eso también es irresponsable, aunque dicha alianza no sea más que un ardid en el juego de tronos por la hegemonía global.