Lo local también existe

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Por:
  • larazon

Decía en la última entrega que, a pesar de las opiniones que han imperado al respecto, las alianzas entre PAN y PRD encabezadas por candidatos ex priistas no representan una gran oportunidad para derrotar al PRI ni tampoco una grave contradicción que atente contra la democracia sino, acaso, una renuncia a la labor de construir partido y lograr una victoria por cuenta propia. Y es que la experiencia indica que las alianzas casi siempre pierden y que cuando ganan su desempeño en el poder es tal que la mayoría de los electores casi siempre vota por el PRI en la siguiente elección.

Con todo, hay un problema adicional en la manera que la llamada “comentocracia” ha dado cuenta de las alianzas. No es sólo lo infundado del optimismo de sus promotores o del pesimismo de sus críticos; es, también, el hecho de que unos y otros interpreten esas alianzas locales exclusivamente en función de sus implicaciones en el ámbito de la política nacional.

Salvador García Soto, por ejemplo, en El Universal: “Peña Nieto ve en las alianzas PAN-PRD un ‘ensayo’; sabe que si funcionan, para 2011, en los comicios por la gubernatura mexiquense, podrían armarle una coalición opositora […] ¿Dónde quedarían las punteras aspiraciones presidenciales de Peña si una alianza de oposición le gana la gubernatura en 2011?”. O Luis Javier Garrido en La Jornada: “el móvil de la actual directiva perredista para aliarse con Calderón y con el PAN es el dinero que les permitiría enquistarse en el partido en 2011 y cerrar el camino a una candidatura de López Obrador en 2012”. O Carlos Marín en Milenio: “Los priistas […] con su característico espíritu de cuerpo, afilan sus cuchillos para cobrarle al PAN su ‘promiscua’ (Beltrones dixit) liviandad, imponiendo en el Congreso las reformas política y fiscal que se les dé la gana”.

El problema es que en esa manera de entender las alianzas la política local no existe: lo que se juega no son los gobiernos de los estados, sino las posibilidades de los aspirantes presidenciales, la correlación de fuerzas al interior de los partidos, la agenda del gobierno federal. Es una perspectiva, pues, en la que los resultados electorales importan por lo que significan para la clase política en el centro, no para los ciudadanos que habitan en cada una de esas entidades.

¿Sería mucho pedir a nuestra comentocracia que procure una visión un poco menos “chilangocéntrica” del país; reclamar a los medios de comunicación “nacionales” que den entrada a más voces desde y para los estados; esperar que dejen de hacer, digamos, como si afuera del DF todo fuera “Cuautitlán”?

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