Los Chavez del futuro

Los Chávez del futuro
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Los extremos se tocan. Hace ya un tiempo que Erns Nolte se encargó de analizar la matriz común de los tres grandes totalitarismos del siglo XX. Las tres tiranías que encarnaron Stalin, Mussolini y Hitler.

Viene a cuento lo anterior por lo que podríamos llamar “un detalle nazi en el pensamiento de Hugo Chávez”.

El sábado pasado, ante la inconformidad de una gran cantidad de periodistas, estudiantes y maestros, fue aprobada en Venezuela una nueva ley de educación. En opinión de seguidores del jefe de Estado venezolano, la norma es un instrumento clave para apuntalar el régimen chavista. Al grado de que la jefa de gobierno de la capital, Jacqueline Farías, llegó a decir que la ley permitirá formar a “los Chávez del futuro”.

En sus disposiciones transitorias la ley señala: “12.- Quienes dirijan medios de comunicación social están obligados a prestar su cooperación a la tarea educativa y ajustar su programación para el logro de los fines y objetivos consagrados en la Constitución de la República y en la presente ley. Se prohíbe la publicación y divulgación de impresos u otras formas de comunicación social que produzcan terror en los niños, niñas y adolescentes, inciten al odio, a la agresividad, la indisciplina, deformen el lenguaje y atenten contra los sanos valores del pueblo venezolano, la moral y las buenas costumbres, la salud mental y física de la población. En caso de infracción de este numeral, los órganos rectores en materia de educación solicitarán a la autoridad correspondiente la suspensión inmediata de las actividades o publicaciones de que se trate, sin perjuicio de la aplicación de las sanciones contenidas en el ordenamiento jurídico venezolano”.

Los impresos u otras formas de comunicación social, según se lee, pueden atentar “contra los sanos valores del pueblo venezolano”.

¿Quién habrá de determinar cuándo un escrito atenta, o no, contra algo tan vago e indeterminado como el “sano valor del pueblo”? ¿Los tribunales populares? ¿El propio Hugo Chávez?

En 1935, la Alemania nazi modificó el artículo 2 del Código Penal que proclamaba el principio de legalidad. El principio es central para todo Estado democrático de derecho. Señala que no puede haber pena sin delito previamente señalado por la ley. Es conocida la expresión latina: “Nullum pena sine crimen sine lege”.

Los nazis optaron por el sustancialismo autoritario: “Será castigado quien cometa un hecho que la ley declara punible o que merezca castigo según el concepto básico de una ley penal y según el sano sentimiento del pueblo. Si contra el hecho no encuentra inmediata aplicación ninguna ley penal, el hecho se castigará sobre la base de aquella ley cuyo concepto fundamental mejor se le adapte”.

El código de la república rusa de 1922 enunció una noción de delito de esta índole: “Es delito toda acción u omisión socialmente peligrosa que amenace las bases del ordenamiento soviético y el orden jurídico establecido por el régimen de los obreros y campesinos para el período de transición hacia la realización del comunismo”.

No hay nada más elástico, indeterminado e imprecisable que “la moral, las buenas costumbres, los sanos valores del pueblo y lo socialmente peligroso”.

El oscurantismo acuñó la noción de “enemigo del pueblo” y “delincuente natural”. Nuestro país padeció las reminiscencias de esa escuela que sanciona al individuo por lo que es, no por lo que hace. La “vagancia, la malvivencia” y tipos penales de infausta memoria como el de “disolución social”, son frutos de esa corriente de pensamiento.

Una vez que se confunden el derecho y la moral no existen límites para la intervención arbitraria del Estado. Las consecuencias procesales son, también, temibles. Desaparecido el anclaje legal de figuras típicas determinadas y verificables, el juez pasa a ser una especie de confesor, psicoterapeuta o técnico social que habrá de determinar, conforme a su íntima convicción, cuándo una conducta atenta, o no, contra “el sano sentimiento del pueblo”.

Tienen razón quienes ven en esta ley una regresión autoritaria. También, los que dicen, como Yon Goicochea, el estudiante que cita Krauze en su “viaje a Caracas”, publicado en Letras Libres de noviembre de 2008: “No es de izquierda ni demócrata quien persigue las libertades, asume todos los poderes del Estado y reprime a los que no piensan como él. Más bien es un fascista”.

rensal63@hotmail.com

fdm