Los consejos de Hipnos

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Cada cierto tiempo regresa a mí un puñado de consejos que un comandante de la Resistencia le da a otro durante la Segunda Guerra. Los consejos forman parte de un libro extraordinario escrito por el poeta René Char: Hojas de Hipnos.

En 1939, con la invasión de Alemania a Polonia, Char fue destinado a un regimiento de artillería en Alsacia y, después, en 1940 y libre ya del servicio, se unió a la Resistencia bajo el nombre de Capitán Alexandre. Esa experiencia le llevó a escribir el libro del que hablo, rareza de género indescriptible conformado por 237 fragmentos de prosa altamente lírica. Pero ni la más alta de las líricas podía sustraerse a esos días de guerrilla y muerte.

En Hojas de Hipnos hay fragmentos de inusitada belleza y sabiduría (“El fruto está ciego. Es el árbol quien ve”, “La eternidad es apenas más larga que la vida”) y otros brutales, en los que se atestigua la tortura a un compañero por parte de los nazis o la ejecución de otro, desde la impotencia de no poder ayudarlos para no comprometer la seguridad de una aldea o de la propia patrulla. Hay fragmentos que mezclan la urgencia bélica con la electricidad lírica: “No tengo miedo. Sólo me da vértigo. Necesito reducir la distancia entre mi enemigo y yo. Enfrentarme con él horizontalmente”. Tensado por esas dos fuerzas tal vez opuestas (la poesía y la guerra), el libro (dedicado a su amigo Albert Camus) fue para Char una especie de diario de aquellos días de pura supervivencia y clandestinidad. Convencido de que la violencia era inevitable, Char escribió un libro en el que se siente el peso del fusil en una mano y el de la pluma en la otra. Y, claro, lo que pulsa en sus páginas es vida pura, vida consciente de su fragilidad. Para mí, Hojas de Hipnos es como un oráculo, una fuente de apenas descifrables enigmas sobre el ser. El puñado de consejos que vuelve cíclicamente a mí forma parte del fragmento 87, en el que Hipnos-Alexandre-Char se dirige a otro comandante de la guerrilla. Me detendré en un puñado.

Escrito como un telegrama, se entiende la parquedad del lenguaje elaborado a salto de mata: “Chicas y cafés peligrosos si duran más de un minuto”. Se defiende a la sociedad pero no hay tiempo para ser social. “Alto a la jactancia”: nadie sabe más que nadie y la información no se verbaliza. “Reúna los rumores y sintetice”: un gramo de verdad siempre cabe en los pliegues de la retórica, y hay que saber detectarla. “Salvo para liberar a compañero capturado, no dé nunca al enemigo señales de existencia”. Y éste: “Nada de ropa tendida cuando pasen aviones, y todos los hombres bajo los árboles y ocultos en el monte bajo”. Se va poniendo mejor: “Con los hombres de la patrulla sea riguroso y solícito. Amistad enguata disciplina. Al trabajar, haga siempre algunos kilos más que los otros, sin enorgullecerse.

Coma y fume visiblemente menos que ellos. No manifieste preferencias”. Un verdadero manual de liderazgo, ¿verdad?, y luego suelta esta absoluta joya: “No admita mentiras, salvo improvisada y gratuita”, porque la mentira improvisada y gratuita es la poesía, la creación misma. Va terminando con puras perlas. Sobre los hombres de la patrulla dice: “Que aprendan a cantar bajo y a n,o silbar melodías obsesivas, a decir la verdad tal y como se ofrece”. Y cierra: “Ponga obstáculos a los hábitos monótonos. Inspire a aquellos que no quiere ver morir antes de tiempo. En fin, ame a los seres que ellos aman al mismo tiempo que ellos. Sume, no divida. Afectuosamente, Hipnos”.

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