Los libros como armas

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Por:

Valeria López

No hay nada más falso que sostener que son los vencedores quienes escriben la historia; en realidad lo hacen quienes saben escribir. Pero escribir bien, como se debe, con técnica y con conocimientos, no es tarea sencilla ni que pueda hacerse mientras se hace algo más.

Este delicado oficio de dar cuenta de los hechos, de engarzarlos con una comprensión de la política, de la economía o de lo que se quiera no es de fácil acceso ni, a pesar del deseo de muchos, algo que pueda comprarse en cualquier esquina.

Y aunque todos sabemos que sobran los balbuceos literarios y los berrinchitos periodísticos la realidad es que ninguno de ellos sobrevive al paso del tiempo: sabemos a quién tomar en serio y a quién olvidar por ignorante y diletante.

Para escribir hace falta leer —verdad de Perogrullo— pero no sólo eso: la sofisticación del pensamiento no es algo que se ejercita en los centros comerciales, ni frente al televisor.

Ésta es una de las infinitas bondades que deja la lectura: saber escribir para poder contar la historia. Precisamente por ello la lucha de Malala Yousafzai por incorporar a las niñas musulmanas a los sistemas educativos, por hacer de la lectura una forma de vida, ha sido recibida con tanta dureza por los talibanes.

La noticia más reciente de la semana es la prohibición de la Universidad de Pakistán para presentar el libro Soy Malala en sus instalaciones; los organizadores argumentaron problemas de seguridad cuando en realidad hasta el más desinformado entiende que se trata de un problema político.

Es la primera vez en la historia de la universidad que se prohíbe la presentación de un libro. ¿Por qué? Porque “el libro de Malala toca dos temas clave para nuestro país, que son la educación y la libertad de expresión, que son negados a muchos ciudadanos de esta provincia (Khyber-Pakhtunkhwa) y de las zonas tribales”, expresó Khadim Husein, uno de los organizadores del acto.

La fórmula es de una vulgaridad ofensiva. ¿Es posible todavía que en nuestros días un gobierno prohíba un libro? Pues sí. Y eso solamente nos habla del poder específico, inconmensurable y penetrante que está detrás de las palabras, entre los forros y los cantos, a lo largo de las páginas.

Los talibanes lo han dejado en claro, sólo hay algo más peligroso que una mujer que lee: una mujer que escribe con convicciones, con honestidad. Ésos son, precisamente, los libros que perdurarán, que contarán nuestros días. Y nos guste o no, en la historia hay posiciones correctas e incorrectas.

Desconfiemos, pues, de los intelectuales del Mall, de los periodistas cuyas paredes están cubiertas por papel tapiz que simula libros, de las universidades que censuran autores. La máxima libertad es la de pensamiento y el prerrequisito para ejercerla pasa por la lectura.

¡Suerte para Malala y libros para nosotros!

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