Los riesgos del reformismo sistémico

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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En torno a la actualidad cubana, cierta interpretación de la realpolitik goza de buena salud y mejor prensa. Simpatizantes y voceros del gobierno celebran unos cambios en Cuba que discurren dentro de fronteras estrechas, asediados por contradicciones y retrocesos.

Porque al sospechar (y hasta castigar) todo emprendimiento ciudadano que compita, en los terrenos económicos, mediáticos o comunitario, con el monopolio estatal, cuesta creer que las reformas en curso vayan más allá de apuntalar la sucesión autocrática y el capitalismo de Estado en la isla.

Dentro de ese panorama resulta complicado el uso que hacen intelectuales reformistas de la isla y sus aliados foráneos —académicos, ONG, funcionarios internacionales— de la retórica oficial del gobierno cubano. Repiten que la oposición carece de agenda política y apoyo popular, sin detenerse a pensar si el propio gobierno, más allá del poder coactivo, también los posee. Insisten en que recibir dinero de EU y Europa descalifica al tiempo que usan, como el propio gobierno, fondos de fundaciones e instituciones occidentales. Gritan frente a la censura que los afecta, pero hacen olímpico silencio ante la actual ola represiva que se ceba en otros proyectos ciudadanos, tan pacíficos, intelectuales y promotores de derecho como los suyos.

No se puede abogar por derechos ciudadanos y luego administrar su alcance, replicando los argumentos de los censores. O mejor dicho: claro que se puede, pero vale la pena entender los costos. Si fueran monjitas que atienden a pobres desamparados o ambientalistas ocupados en la tala de un bosque, nadie se fijaría en sus manifiestos. Pero al presentar discursos cargados de frases —que apelan a la soberanía y el empoderamiento de la nación y su gente—, para luego celebrar el supuesto compromiso reformista del gobierno y acotar la legitimidad del actuar ajeno, la brecha entre las palabras y los actos se hace notoria y visible. Es complicado, desde la sociedad civil, pensar como Habermas, hablar como Gandhi y operar como Kissinger.

Un factor adicional. Toda la agenda de estos sectores se basa en la idea de que el gobierno producirá, desde ahora al 2018, cierta apertura política —aun dentro de un régimen autoritario—, una profundización de las reformas económicas y un mayor reconocimiento a la diversidad social. Ojalá fuese así.

Porque si tal panorama —que hoy parece antitético con la oleada represiva— se produjese no sólo dicha apuesta reformista sería premiada por la historia, reforzando su legitimidad sino lo más importante, se ahorrarían sufrimientos innecesarios a un país que se desangra.

Pero, de continuar el actual curso reaccionario de los acontecimientos, el reformismo sistémico se verá profundamente comprometido. No porque sus exponentes sean malos cubanos, carentes de ideas y deseos para el futuro de la nación, sino porque, en una coyuntura en la cual personas y cambios son, ahora mismo, brutalmente reducidos por el poder, su apuesta por la moderación y la paciencia infinitas perderá sentido. Nada deseo más que equivocarme. Y que este reformismo tenga un lugar destacado en los tiempos por venir.