Martes 1.12.2020 - 06:02

Los temblores

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La primera vez que escuché la palabra resiliencia fue en una reunión de Protección Civil, hace algunos algunos años. Término extraño y poderoso, porque se refiere a la capacidad para sobreponerse las catástrofes y a todos sus problemas aledaños.

La fundación Rockefeller, por medio de 100 Resilient Cities, ha reconocido a la Ciudad de México porque cuenta con un programa para hacer frente a este tipo de situaciones, dando paso a una sólida cultura de la prevención y buscando soluciones a los desafíos más diversos.

Hace 32 años un terremoto de 8.1 grados pegó en las entrañas de la capital del país. En aquella ocasión no existían protocolos para actuar ante un sismo de gran magnitud. Cientos de edificios se derrumbaron y miles de personas murieron.

Entre los escombros y el olor a muerte, pero con la convicción de salvar vidas, de ayudarnos, aprendimos, aunque no lo supiéramos con claridad, el valor de la resiliencia.

La Ciudad de México se sobrepuso y en gran medida por los resortes de solidaridad y auxilio que provinieron de la ciudadanía. Algo se quebró, pero lo que nació después no fue malo.

El jueves pasado otro sismo, el más poderoso en 100 años, nos golpeó. En esta ocasión la alarma sísmica permitió el desalojar casas y edificios o el buscar el lugar más seguro para esperar el impacto. Éste es uno de los cambios decisivos y muestra que las lecciones del 85 fueron aprendidas.

La Ciudad de México entró en emergencia y se siguieron todos los pasos de un protocolo eficaz y estudiado, en el cual cada área de gobierno sabe lo que tiene qué hacer para enfrentar una crisis.

Por fortuna, no hubo pérdida de vidas ni daños qué lamentar. Se resistió y bien, porque en las últimas décadas se diseñaron mejores modelos de construcción y se respetaron los reglamentos. También contamos con un robusto sistema de protección civil, integrado por servidores públicos profesionales. No jugamos con fuego.

Ayudaron, también, la distancia del epicentro y la duración del movimiento telúrico, que no se prolongó demasiado. Pero lo más importante es que supimos qué hacer.

Hay que tener en cuenta que la fuerza de la naturaleza puede ser devastadora. Lo estamos viendo en Oaxaca, Chiapas y Tabasco, donde el temblor, por desgracia, sí cobró vidas y dejó un saldo de un millón 500 mil damnificados.

Ahí también están funcionado las estrategias de atención y de auxilio. Lo más importante, por ello, es la solidaridad a quienes resultaron afectados y particularmente a quienes perdieron familiares y amigos.

Hemos avanzado desde 1985, pero hay que seguir haciéndolo. Las tareas de protección civil no tienen descanso, porque su tarea es la de estar prevenidos.