Los tiros de la corrupción

Asesinan brutalmente a familia mexicana en Chicago
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La conmoción causada por el disparo alevoso que recibió el destacado futbolista Salvador Cabañas en un bar de very important people se debe, está claro, a la fama pública de la víctima, a su condición de delantero pundonoroso y efectivo de las Águilas del América y de la selección de Paraguay, con la que estaba a punto de jugar su primer Campeonato Mundial, la mayor ilusión de todo jugador del deporte más popular del planeta.

Sin embargo, aunque el agraviado hubiera sido un absoluto desconocido, uno de tantos individuos cuyos días discurren en el anonimato, un hecho de esa índole suscita siempre —salvo en quienes se han vuelto insensibles a las miserias que aquejan a nuestra especie— horror e indignación.

El verdugo del futbolista actuó con prepotencia, cobardía y total desprecio por la vida humana: le disparó en la frente después de reclamarle “¿qué onda con los goles para que el América sea campeón?”. Es difícil concebir un móvil más estúpido y baladí. El hombre, seguramente acostumbrado a actuar como se le antoja sin miramiento alguno con el prójimo y gozando de impunidad, esta vez llegó demasiado lejos.

Pero si el criminal no hubiera portado una pistola, el episodio se hubiera quedado en una bravuconada, quizás en un intercambio de golpes que no tendría a uno de los protagonistas entre la vida y la muerte, en un túnel que tal vez no tenga salida.

La introducción del arma a un sitio al que se va a consumir bebidas que a unos los vuelven más simpáticos y afectuosos pero a otros les sacan el mister Hyde agresivo y siniestro, sólo fue posible por la condescendencia, sin duda no desinteresada, del personal del antro: no se impidió que un cliente distinguido, cuyos consumos ascendían a muchos miles de pesos, entrara allí con la pistola.

El personal no sólo omitió el cumplimiento de su deber de negarle la entrada, sino que después del tiro alteró la escena del crimen y facilitó la huida del agresor, que salió del sitio caminando, sin que se le cobrara una cuenta de 16 mil pesos, y en un tris tuvo a la puerta del establecimiento el vehículo en el que se retiró. Uno de los empleados, por increíble que parezca, se llevó consigo el casquillo y lo depositó en una caseta telefónica cercana a la agencia del Ministerio Público en la que rindió su declaración.

Desde luego, un instante antes del trágico acontecimiento nadie podía saber lo que iba a ocurrir. Pero la cadena causal tiene dos eslabones clave: la permisión de los empleados que dejaron pasar a un hombre armado a sabiendas de que en el ambiente de los tragos espirituosos a los peores se les escapan, desatados, sus demonios, y el pago de cutotas de los empresarios de discotecas y bares a los verificadores delegacionales a cambio de protección.

ldelabarreda@icesi.org.mx

agp