Los últimos días de Rousseff

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Terminó el alto al fuego y es hora de que Brasil decida su destino. Enfrascados en una crisis impensable desde el recuerdo de su inclusión en la lista de las economías milagro del tan mentado y aclamado grupo de los “BRICS”, los brasileños tendrán de olvidar el sueño olímpico y regresar a su pesadilla de la realidad del desempleo, la corrupción y la inestabilidad política.

Este jueves se reabre el proceso de destitución de Dilma Rousseff en la sesión del senado. Si, como se espera, se ratifica la decisión de separarla de su cargo, la presidencia de Brasil quedará oficialmente en manos de Michel Temer. La gran paradoja está en que ninguna de las dos opciones resulta agradable para el pueblo; tanto Temer como Rousseff cuentan con un alto índice de desaprobación en las encuestas y ambos se han visto implicados en los escándalos de corrupción de la poderosa Petrobras. Serán tiempos de conflicto y de mucha dificultad para la persona que se quede con la presidencia.

La oposición a Dilma tiene asegurada la mayoría en el senado por lo que la destitución es prácticamente un hecho, como lo es la profunda crisis política que le seguirá. Cambiar de gobernante no asegura la resolución de los problemas ni el fin de la corrupción cuando la raíz de esos males está en las instituciones y en la sociedad misma.

La alternativa que la misma Rousseff ha planteado –ya en abierta enemistad con el que fue su vicepresidente – es la organización inmediata de elecciones para que Brasil no pase de una presidencia odiada a otra (que, por cierto, le ha declarado la guerra en personal). Sin embargo, esta opción no es constitucional en Brasil por lo que todo indica que tendremos cambio de cabeza pero no una opción real de corregir el rumbo.

La coyuntura es interesante. Brasil requiere dar un golpe de timón firme y radical si quiere frenar la espiral descendente en la que está implicado. De ser una economía milagro que generaba empleo y sacaba a millones de la pobreza, ha llegado a ser el ejemplo de la mala gestión y la corrupción sin freno.

Brasil ha demostrado que no existen los milagros económicos ni sociales. Que los gobernantes no pueden pecar de soberbia y dejar de atender la percepción popular. Pero también nos enseña los peligros de las posturas populistas y populares que maquillan las realidades y que, con el apoyo del clamor de los votantes, solapan estructuras que impiden el progreso verdadero… ese que tarda en darse pero que permanece.

El pueblo brasileño tuvo dos semanas de ensueño pero es hora de despertar a la realidad y cuestionarse el rumbo. Serán años de sacrificio si es que quieren rectificar y asegurar que los errores del pasado queden tan muertos como la presidencia de Rousseff.

msalomonf@gmail.com