Lula en tercera persona

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Por:
  • Pacotest

La reciente sentencia de nueve años y medio contra Lula da Silva, en Brasil, lejos de marcar el principio del fin de la carrera política del popular dirigente, podría ser el punto de arranque de su nueva candidatura presidencial. A las apelaciones que echará a andar su equipo de abogados, se sumará una corriente de solidaridad con el líder dentro de la sociedad brasileña, en un momento favorable, dada la enorme impopularidad del presidente Michel Temer y la crisis de legitimidad que enfrenta su gabinete.

Oswald Spengler decía que el cesarismo comienza cuando la figura del César trasciende la persona del jefe de Estado y adquiere vida propia. A partir de la condena a Lula, el mito del dirigente obrero podría entrar en una fase de renovación, que quién sabe a dónde podría llegar. Según todas las encuestas de Datafolha, en lo que va de año, Lula es el único candidato virtual a la presidencia de Brasil con posibilidades de triunfo con más del 30% de los votos. El primer síntoma de esa nueva fase tal vez sea el gesto de Lula de hablar de sí mismo en tercera persona: “quien cree que es el fin de Lula, está equivocado”, dijo el día que se conoció la sentencia.

Una expresión que también le hemos escuchado a Evo Morales. En los meses previos a su intento de referéndum aprobatorio de la reelección indefinida, uno de los lemas de Morales era “si el pueblo lo decide, Evo sigue”. Lula y Evo, como antes Fidel y Chávez, ya no son únicamente ellos mismos sino una metáfora de la que depende el sentido del propio Estado. Suena peligroso siempre, esa personalización del poder, pero en el caso de Lula tiene a su favor el ensañamiento contra los gobiernos del PT de una parte de la derecha brasileña.

A pesar de la imparcialidad y autonomía que pueda exhibir el poder judicial brasileño, hay, en la condena de Lula, un llamado de atención sobre la facilidad con que otros políticos del PMBD o el PSDB logran eludir la cárcel, empezando por el presidente Temer. En las próximas semanas, a medida que Lula se defiende, veremos mayor presión sobre el poder judicial brasileño para que reparta parejo, en el campo político, los castigos por corrupción. Si Lula va a la cárcel, y Temer no, con todos los cargos que tiene encima, el ministerio público brasileño, única institución que podría salir a flote de esa democracia en crisis, acabará también en entredicho.

Como quiera que se mire, los delitos que se imputan a Lula no son tan graves como los de Eduardo Cunha, ya preso, o Renan Calheiros, en funciones en el senado, involucrados en la trama de Lava Jato. Pero si logran ser probados, cabría esperar que sean delitos con penas proporcionales a todos los que se derivan de la mega malversación de fondos de Petrobras y Odebrecht. No puede ser que el líder indiscutido de la izquierda brasileña vaya a prisión por nueve años, mientras legisladores y políticos regionales, con más cargos encima, permanecen libres.

A Lula da Silva se deben los mejores gobiernos de la izquierda democrática, no sólo brasileña sino latinoamericana, de todos los tiempos. Izquierdas democráticas previas, como la de Salvador Allende, no pudieron gobernar por la reacción de la derecha. Otras, como la cubana, sí pudieron hacerlo, por más de medio siglo, pero no fueron democráticas. La sentencia a Lula expone el lado más deficiente de su buen gobierno, que fue la corrupción. Una corrupción que, como en México y la mayoría de los países latinoamericanos, ha formado parte de los mecanismos de negociación política del poder. En este caso, del poder de una izquierda que siempre debió tranquilizar a las élites y los mercados para lograr su objetivo.

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