Maduro: un loco con poder

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Nada más peligroso que un loco con poder. Los hemos visto hacer destrozos en la historia, y villanías en el día a día. Los hay megalómanos, insensibles y hasta asesinos. Son personajes tenebrosos que viven bajo el influjo de las mieles del poder y que en su embriaguez lastiman a la sociedad.

La borrachera de éxito que acompaña al ejercicio del poder es tan peligrosa como potencialmente insuperable. El efecto del vértigo de omnipotencia, el síndrome del emperador o una simple megalomanía pueden poner en riesgo a los ciudadanos pues sus delirios no saben ni de justicia ni de honradez.

De su locura puede esperarse cualquier cosa: un incendio en una ciudad, el encarcelamiento de inocentes o la desaparición forzada.

No hay adicción más difícil de dejar: el deseo de dominar se vuelve motor, deseo y fin único del loco con poder que no entiende razón alguna ni hay lógica detrás de sus pensamientos. Es ahí en donde aparecen los atropellos, las humillaciones y las violaciones a los Derechos Humanos.

Para muestra: Nicolás Maduro, quien no ha dudado —una vez más— en dejarnos saber que su adicción y su indecencia no conocen límites. Para Maduro, la única ley es la que marca su gorda e insaciable ambición que depende de sus delirios y de sus inseguridades.

El encarcelamiento de Leopoldo López, como en su momento escribí para La Razón, fue un claro ejemplo de persecución política, de mal uso de las leyes, de abuso de poder. Pero la simulación del juicio y de la apelación han desnudado la ilegalidad que reina en Venezuela.

Maduro no respeta la independencia de los poderes, pues ha sometido a su capricho al poder judicial venezolano. Venezuela, así, vive al margen de las leyes y de la justicia; la vida de los ciudadanos depende del vaivén de un dictador; el rumbo del país está marcado por el andar chueco de un pobre borracho de poder.

La comunidad internacional no puede seguir guardando silencio frente a violaciones a los Derechos Humanos tan descaradas, tan groseras, tan ruines. Guardar silencio frente a la injusticia, lo he dicho antes, es ser cómplice. Y nuestra región se merece mejor suerte que regímenes como el que tienen que padecer, todavía, los venezolanos.

Pero ésta es sólo una batalla perdida; quienes deben temer son los infames, los injustos, los borrachos de poder pues son ellos los que padecerán la resaca. No hay nada que el tiempo no ponga en su lugar; la verdad termina por imponerse y la justicia alcanza a los malvados. Me pregunto si Maduro y sus secuaces están listos para enfrentar los reclamos políticos y jurídicos que en cualquier momento verán la luz en los tribunales internacionales. Supongo que no, pues los locos con poder suelen ser pequeños cobardes cuya maldad depende de su puesto y nunca de su grandeza ni de su nombre. Al tiempo…

valeria.lopez@anahuac.mx

Twitter:@ValHumanrighter