Miedo a Lady Gaga

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Fernando Escalante Gonzalbo

Leí por primera vez a Peter Sloterdijk hace aproximadamente veinticinco años, cuando Seix-Barral tradujo El árbol mágico . Todavía era director editorial Jaime Salinas y había que tomar en cuenta lo que publicaba Seix-Barral.

El tema me llamaba mucho la atención, el clima intelectual de Europa en vísperas de la Revolución Francesa, y encontré el libro enormemente interesante; aburrido como novela, porque no era en realidad una novela, pero muy agradable como reconstrucción histórica, como crónica más o menos especulativa sobre los orígenes del sicoanálisis. Después de eso, cuando tuve dinero para comprarlo, porque resultaba carísimo, leí su Crítica de la razón cínica , en Taurus. Mejor dicho: intenté leerlo. A pesar de su intención iconoclasta tenía algo de pesadamente académico que me lo hizo siempre imposible.

Desde entonces he procurado seguirlo, aunque fuese de lejos; he comprado varios de sus libros y he tratado de leerlos, a veces incluso con interés. Cada vez lo encuentro más superficial y más abstruso. Y ni entiendo ni me llama la atención la especie de budismo descafeinado que le sirve de armadura. La trilogía monumental en la que explica la “esferología”: Burbujas, Globos y Espumas , me parece casi de broma.

Pero una broma pesada, sin chiste, de profesor de filosofía. Otros, como En el mismo barco, Si Europa despierta o Normas para el parque humano , más políticos, impresionan sobre todo por su vacuidad.

Bien: Peter Sloterdijk es una celebridad y por lo visto, en Alemania, un muy apreciable éxito de ventas. Es uno de los filósofos de cabecera de la televisión cultural francesa y alemana. Y por eso está obligado a tener opinión sobre todo, y opina sobre todo, y lógicamente a veces dice tonterías.

Leo una entrevista suya de hace tres o cuatro días. Presume de haber ofendido profundamente, en una mesa de diálogo, a la vez a un israelí y a un palestino; dice algo tan profundo y novedoso como que “los gobiernos a veces se ven obligados a tomar decisiones dentro de la peligrosa corriente de la actualidad”; dice que para los alemanes el nazismo “empieza a ser como el diluvio”, que se conoce sólo vagamente, por fuentes secundarias; y se queja —es el titular que usa El País — de que Internet ha producido la “marginalización” de la literatura: “habrá que ver —dice— si esa minoría de escritores, en un mundo que se rinde a Lady Gaga, seguirán siendo felices, o empezarán a sentirse desdichados”.

Empezamos a tener estudios serios, empezamos a entender la inercia de las nuevas tecnologías. Y entre otras cosas es evidente que Internet no desplaza a ningún otro medio, y que sí facilita enormemente, con una facilidad que se habría agradecido como un milagro hace dos décadas, el acceso a los libros: la circulación, la venta, la distribución, la lectura de libros. Si algo amenaza a la vieja cultura del libro no es Lady Gaga, que no tiene nada que ver, sino las celebridades literarias absorbidas, procesadas, promovidas por la industria del espectáculo. Y que se preocupan por el éxito de Lady Gaga.