Mundos

Todos los fuegos el fuego
Por:

Me descubro leyendo a César Aira, fantástico y enloquecido creador, aporreador frenético, y supongo que feliz de su teclado, mientras las elecciones de mi país nos vulgarizan. Escribe cosas loquísimas: se va de largo con cualquier idea loca y escupe un libro. Su manera de estar es la libérrima creación que está al alcance de todos nosotros y él lo hace muy bien; y no se detiene.

Esta mañana, por ejemplo, después de repasar el encono social sobre el cual podría escribir mil cuartillas, al borde de la amargura y con un tembloroso café en mano, leí un cuento de este fantástico creador en el cual La Gioconda, el cuadro de Leonardo, reproducido hasta la sumisión en términos de Walter Benjamin, desaparece como pintura y se convierte en gotas; gotas que se van a viajar y a tener aventuras por todo el mundo. No diré más: me fui de largo por las avenidas de la ficción, le creí todo, amé su prosa delirante y creo que desaparecí un poco. Mientras tanto, la prosa infame de los días seguía sucediendo.

Me acosaban los chats. Y estaba peleado con mi chica, pero César Aira me decía que el poder de la creación rebasaba a la realidad que me abrumaba, y además yo podía ser parte del mundo, escribiendo, generando mundos como esas gotas dispersas de La Gioconda: ¡escribiendo! Y escribí, agarré mi camino, me quise ir pero no pude porque estoy demasiado pegado a la realidad; inventé cuatrocientas cosas, pero no pude de verdad irme como él. Escribir cualquier cosa, lo sé, es un ejercicio de política, incluyendo a la irreverencia de la más chisporroteante creatividad.

¿Por qué es política la locura creativa de un Aira? Porque puede ser, porque sucede aún en un mundo donde es posible decirlo todo desde la oblicuidad de la inteligencia, porque hay espacios donde no cabe tomar partido, salvo el de la suspensión de la incredulidad, porque mientras palabras o conceptos como “Trump” o “AMLO” gobiernan nuestro discurso, yo puedo leer o escribir encarnando una metáfora, la de la absoluta creatividad que además, dice, nunca es gratuita, se afirma como voz y sencillamente sucede.

Toda palabra es metafórica y se inscribe en el contexto de su tiempo. Para mí, César Aira, ese travieso multiescritor de cien mil cosas, adicto a la adiposidad creativa de su pluma, libre, feliz o no, es el epítome del individuo que aún (y remarquemos el “aún”) puede manifestarse haciendo lo que quiera; incluso, si usted lo prefiere, no haciendo nada, o negándose como aquel personaje que prefirió “no hacerlo”. Esa es la libertad que yo defendería y defiendo: la de no hacerlo o la de hacerlo a mi exacta manera. Como sentarme a escribir o leer la alucinante historia de unas gotas que fueron La Gioconda, o por ejemplo, la historia de un geniecillo que te ofrece, de golpe y en el centro de un museo, la opción de ser Picasso o de ser dueño de un Picasso. Estas cosas de la ficción narrativa que me recuerdan que creo en la magia de la escritura, que cada teclazo tiene el poder de inventar un mundo para sacarme de éste, tan narrativamente torpe.