Jueves 3.12.2020 - 23:02

Naciones e imperios

Ecuador: el Estado en jaque
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El debate sobre Cataluña ha puesto a circular en la esfera pública global el viejo relato del nacionalismo catalán, que se resume en la idea de que esa nación es y ha sido en virtud de su oposición al imperio español. ¿En qué país americano es hegemónico un relato similar? Me atrevería a decir que únicamente en Cuba.

Hay, como es sabido, conexiones históricas entre el nacionalismo cubano y el nacionalismo catalán desde el siglo XIX. Pero no fue aquel primer nacionalismo cubano, el de los separatistas republicanos que, como José Martí, luchaban por independizarse de España, el que acabó constituyendo una ideología de Estado en Cuba. Fue otro: el que entiende que la nación cubana es en la medida que rechaza al imperio norteamericano. Si el nacionalismo cubano del XIX practicaba el arte de vivir entre imperios, aliándose a Estados Unidos para enfrentar a España, el del XX, el fidelista, hizo otro tanto, integrándose al bloque soviético para defenderse de la hostilidad de Washington.

Un historiador que conoce ambas historias, como Josep Maria Fradera, insiste en la pertinencia de pensar los nacionalismos no como negaciones antitéticas sino como resistencias íntimas o dialogantes a los imperios

Historiadores del Caribe, como Louis A. Pérez Jr., han comprendido esas dinámicas de la vida entre imperios desde el siglo XVIII. Vivir entre imperios supone enfrentarse a las potencias hegemónicas pero también hacer alianzas con rivales cercanos o distantes del poder enemigo. Y supone no sólo la tensión con el imperio sino todas las formas de contacto y diálogo propias de la convivencia. Un historiador que conoce ambas historias, la de las naciones del Caribe y la de Cataluña, como Josep Maria Fradera, insiste en la pertinencia de pensar los nacionalismos no como negaciones antitéticas sino como resistencias íntimas o dialogantes a los imperios. José Martí, fundador de la nación cubana, vivió 15 años en Nueva York y contrajo una deuda enorme con la cultura y la política norteamericana.

[caption id="attachment_642993" align="alignleft" width="300"] Manifestación en las calles de Cataluña para pedir su reconocimiento como nuevo estado europeo, el pasado 12 de septiembre. Foto: Especial[/caption]

Como Francisco Pi y Margall, padre del catalanismo republicano, que vivió en Madrid y pensó siempre el problema de las “nacionalidades” —así lo llamaba—  dentro de la península ibérica, desde una idea de la nación como entidad abierta a un pacto federal. El legítimo nacionalismo cultural, cuando se desplazaba a un concepto cerrado de soberanía, podía atentar contra sus propias demandas. Ese fue el origen del cisma entre Pi y Margall y Valentí Almirall.

El caso de Puerto Rico, que en estos días ha vuelto a emerger con motivo del terrible huracán María y la suspensión temporal de la Jones Act por el gobierno de Donald Trump, es bastante ilustrativo del ejercicio de un nacionalismo abierto. Lo que la mayoría de los puertorriqueños reclama, en la isla y en Estados Unidos, en estos días, es que Washington reconozca la plenitud de derechos de los ciudadanos de esa isla. Rechazan con vehemencia ser tratados como norteamericanos de segunda en medio del desastre.

El catalanismo nacionalista —no todo catalanismo lo es— podría asumir una posición similar a la de los puertorriqueños: demandar al imperio igualdad de derechos. Pero opta por la separación, tal vez porque en el fondo no sólo considera a España un imperio sino una nación inferior. Algo parecido a lo que una franja del nacionalismo latinoamericano más identitario y culturalista llegó a pensar sobre Estados Unidos: el Calibán, el bárbaro sin historia ni cultura.

El catalanismo nacionalista podría asumir una posición similar a la de los puertorriqueños: demandar al imperio igualdad de derechos. Pero opta por la separación, tal vez porque en el fondo no sólo considera a España un imperio sino una nación inferior

No sólo en Puerto Rico, también en México se practica un nacionalismo abierto. En este país hasta los líderes más ubicados a la izquierda piensan que una buena relación con Estados Unidos es indispensable para el desarrollo económico del país. Y piensan eso sin poner en riesgo su acendrado patriotismo ni la “identidad mexicana”, como quiera que la definan.