Martes 20.10.2020 - 21:15

Negociando valores

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Los programas de apoyo a la democracia y protección a los Derechos Humanos, desarrollados por diversos gobiernos y ONG occidentales, constituyen una suerte de bestia parda para la propaganda de las autocracias. Rusia, China, Irán, Cuba y Venezuela no cesan en insistir en el carácter desestabilizador de aquellos, ligándolos a supuestos planes de magnicidio y golpes de Estado. Incluso en la academia de EU y América Latina, identificada por razones ideológicas o prácticas a esa retórica “antimperialista”, se sataniza a quienes promueven o reciben tal tipo de ayudas.

El problema no son aquellos programas pacíficos y civiles; sino quienes se niegan violentamente a reconocer a su pueblo los derechos individuales y colectivos consagrados por la humanidad por más de 200 años. Allí donde la contraparte local acepta los básicos de la democracia —existencia y ejercicio legales del pluralismo y los derechos humanos— estos programas son bienvenidos y vistos como lo que son: apoyo al empoderamiento cívico, a la vigilancia electoral, a la rendición de cuentas de los gobernantes. Un refuerzo democrático para una sociedad civil democrática bajo un gobierno democrático.

Es una falacia que sean meros instrumentos de la CIA cuando, en la Filipinas de Marcos, en el México del PRI o incluso en el despótico reino saudita —aliados todos de Washington— los movimientos prodemocráticos y progresistas han recibido visibilidad y apoyo de entes como la NED, Human Rigth Watch o Amnistía Internacional. O incluso cuando parte de la izquierda local ha salvado su pellejo gracias a la denuncia y apoyo de estos actores globales. Porque podemos asumir la agenda de la democracia y los Derechos Humanos desde una perspectiva minimalista (liberal) o expansiva (republicana y participativa); pero la asumimos por y para de todos o no existirán para nadie.

Cuando el deterioro de la situación en Cuba —y en sus aliados del ALBA— encuentra, junto a la gritería de los déspotas, los discursos y silencios sospechosos de funcionarios electos en democracia, hay que alzar la voz. Porque es saludable apoyar las nuevas relaciones EU-Cuba y el beneficio para sus pueblos sin darle un cheque en blanco a La Habana. Y es posible mantener diálogos sin dejar de exigir condiciones básicas para su progreso: si se aumenta la represión es aconsejable ralentizar el ritmo de los contactos.

No hay que cambiar el apoyo a un solo disidente por acuerdos comerciales; ni celebrar “progresos” invisibles bajo los cuales, quienes los celebran, no podrían vivir. En suma, señores congresistas, funcionarios, activistas: sean decentes, no negocien los valores que sostienen el mundo en que eligieron vivir.

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