Miércoles 23.09.2020 - 21:41

No me doy por mal servido

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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La noticia corrió como fuego en la paja del amplísimo estudio de Gamés: los mexicanos pagamos en el año 2010 la fantástica cantidad de 32 mil millones de pesos en mordidas para facilitar 35 trámites y servicios públicos. Esta cantidad representa el 14% de sus ingresos y hasta el 33% de quienes ganan solamente el salario mínimo. Estas cifras las dio a conocer Transparencia Mexicana a través del Índice Nacional de Corrupción y Buen Gobierno. Oigan esto: en el año 2007 hubo 197 millones de actos de soborno; en 2010 ascendieron a 200 millones. En ese lapso la mordida aumentó de 138 a 165 pesos. O sea: mucha transición democrática, muchas instituciones autónomas, mucha conciencia ciudadana, pero al final somos más corruptos que antes. ¿Cómo la ven? (sin albur).

Salvo los mentirosos y los disimulados, Gil está convencido de que la noticia no ha sorprendido a nadie en México. Gilga confiesa que en 2010 se vio envuelto en varios actos de soborno enredado en la vasta red de ilegalidades urbanas que rigen nuestra ciudad. Estos hechos no sólo nos descubren y acusan, en algunos de esos actos, Gil ha construido amistades verdaderas. El barrendero al que le parece un acto criminal barrer la calle, le cobra a la Casa Gamés 20 pesitos a la semana por recoger los detritus cotidianos. Se llama Emilio y canta canciones de Pedro Infante mientras empuja el carro de la basura. Al parecer, entre ellos ha nacido una amistad duradera:

—Emilio: te doy 20 pesos si quitas la basura de la coladera.

—Ni que lo diga —responde Emilio siempre con la misma fórmula.

—¿Vas a barrer la calle, Emilio?

—Ni que lo diga.

A esto le llama Gamés entendimiento y amistad. ¿Actos nefastos pueden dar lugar a hechos ejemplares? Según el informe de Transparencia, el estado menos corrupto es Baja California Sur. Resulta que los bajasureños son nuestros finlandeses;

en cambio, en el Estado de México y en el Distrito Federal se da mordida hasta por equivocación. Gilga no conocía los números, pero lo sabía: ¿nos podemos arreglar de otra manera? Usté dirá, joven, soy todo oídos.

Écheme un capote. Aquí le dejo este reconocimiento a su comprensión extraordinaria. Por cierto: Hidalgo, Oaxaca y Guerrero también son campeones en mordidas, ayuda para las aguas, agilización de trámites y otras trapacerías.

Gil ha aceptado al mexicano pintado por sí mismo llamado franelero, trapero o vieneviene. Entre estos personajes también tiene amigos que le cuidan el conche (así escribe Gilga coche los jueves en la tarde), el orgullo y la salud mental. Después de buscar un estacionamiento durante media hora, aparece El Oaxaco como un semidiós urbano:

—Queasó, Oaxaco, un lugar, ¿no?

—Pusclaro, jefe. Déjeme sus llaves. Tarda mucho o viene pronto —pregunta El Oaxaco con organización profesional.

—Tardo poco.

—Perfect —dice El Oaxaco en inglés impecable.

Y Gilga se va tranquilo. Su coche queda a buen recaudo (gran palabra), con un hombre de honestidad probada que se sabe ganar la vida. Y Gil nunca se da por mal servido, lo que sea de cada quien.

Sí. Los viernes, Gamés toma la copa con amigos verdaderos. Antes de dar el primer sorbo y comentar las semifinales del futbol mexicano, Gil soltará a retozar en la mesa la frase de Clarasó: “El amor es el único deporte que no se interrumpe por falta de luz”.

Gil s’en va

gil.games@3.80.3.65