No, no es fin del liberalismo

Comer de la basura
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A inicio de este año, Patrick J. Deneen publicó el libro ¿Por qué fracasó el liberalismo?,

bajo el sello de Yale University Press. En el texto, el autor sostiene que el liberalismo nació herido de muerte por su elevación de la autonomía individual, para que los ciudadanos “diseñen y busquen por sí mismos su propia versión de la buena vida”.

Aconseja al gobierno a salir del camino en el ámbito de los mercados —una prioridad de los republicanos— y la moral personal —una exigencia demócrata—.

Lo que molesta a Deneen es el individualismo de ciertos liberalismos que permitieron la terrible desigualdad de ingresos, la debilidad de la sociedad civil, el desprecio por los valores tradicionales.

Así, la condición de bicefalia política hizo que el liberalismo cediera el paso a su némesis: el iliberalismo, esa forma de democracia que merma las libertades civiles, vulnera derechos humanos y que, más temprano que tarde, se convertirá en autoritarismo posdemocrático. Para muestra, están los gobiernos de Viktor Orban —en Hungría— o de Donald Trump.

Desafortunadamente, el iliberalismo va al alza; hace unos días, Jair Bolsonaro ganó la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil, con un discurso claramente intolerante, intimidante para las minorías, ofensivo para las mujeres. Y lo hizo con orgullo y sin disculpa alguna.

El iliberalismo también se ha colado en las esferas judiciales, como en el caso de la designación del juez Brett Kavanaugh en la Corte Suprema de Estados Unidos. El elegido de Trump es un alfil radioactivo, capaz de dinamitar los derechos de las mujeres, condicionar el derecho a la salud, permitir que el presidente se autoindulte. Y esto va en contra de la libertad de los ciudadanos, de los pesos y contrapesos de la democracia, de los principios de igualdad, libertad y legalidad que animan a las democracias liberales.

Pero, ¿si el liberalismo ha muerto… qué sigue? ¿El populismo? ¿El neofacismo? Ambos extremos son peligrosos, iliberales y, aunque no les guste a sus defensores, parecen hermanos, pues en su ADN domina el gen de la intolerancia y del poco respeto a lo distinto, a la libertad.

Así, el iliberalismo —vestido de lo que se quiera— no es la solución. El camino va por un liberalismo igualitario, que respete las libertades —individuales, económicas, políticas—, al tiempo que proteja a los grupos menos aventajados. Un liberalismo responsable con las necesidades de los pobres, de los débiles. Un liberalismo incluyente con las diferentes formas de vida. Y, sobre eso, hay mucho camino intelectual andado.

Lo que no se vale es dar la espalda a lo propiamente humano: la libertad. Y eso pasa por reconocer los derechos de todas y de todos, limitando los privilegios, reforzando las instituciones democráticas. El lado opuesto de la moneda de lo que representan Bolsonaro, Kavanaugh, Trump, Orban, o Maduro.