No son delincuentes

AMLO-Peña Nieto
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La caravana hondureña es otra de las manifestaciones más acabadas de lo que hoy representa la migración en el mundo. No se trata de una movilización cualquiera, es un movimiento ciudadano que busca mejores condiciones de vida en todos los sentidos.

Al no encontrar en su país de origen condiciones favorables de vida, se opta por la dolorosa decisión de dejarlo, en un acto que termina siendo una especie de huir para sobrevivir.

El gobierno de México, bien podríamos decir que más bien todos como país, estamos metidos en un gran lío. Es un problema, al final, de todos, el cual nos ha mostrado las muchas formas de ver las cosas en nuestra sociedad.

De nuevo desde el anonimato de las redes, y también a través de diversos personajes con nombre y apellido, ha salido a relucir un vergonzoso racismo, como si realmente entre los mexicanos y hondureños existieran marcadas diferencias.

No está nada sencillo resolver el problema. Hacia donde vaya cualquier solución se vendrán consecuencias. Lo importante para nuestro país es cómo enfrentar y resolver un problema que estaba cantado.

Andamos entre los impulsos e imposiciones, con tintes racistas y supremacistas, de Donald Trump, y la exigencia de un grupo de personas que lo que quieren es entrar al país, ya sea para cruzar a EUA o para quedarse en México.

El gobierno de nuestro país lo sabe, pero no hizo un sensible acuse de recibo. De suyo se reconoce como un problema de enorme gravedad y complejidad, pero de nuevo hubo una mala lectura desde el gobierno de Peña Nieto. Por lo menos desde hace un mes se sabía que en Honduras se estaba organizando una caravana.

Sin dudar que eventualmente haya todo tipo de intereses detrás de quienes organizan la caravana, algunos de ellos seguramente de política local, sería absurdo soslayar el que muchos ciudadanos, desde hace muchos años, están buscando cómo salir de su país. Su hartazgo raya en la desesperación y han llegado al punto de no importarles correr todo tipo de riesgos con tal de salir.

Las escenas que hemos visto estos días en la frontera sur, quisiéramos pensar que ya provoca una toma de conciencia y sensibilidad ante el dolor de quienes bien podrían ser uno de nosotros. Son familias enteras, muchas de ellas con menores de edad, y personas de la tercera edad, que han tomado la decisión de dejar Honduras.

Han recorrido a pie y en camiones buena parte de su país para llegar a Guatemala y desde ahí dirigirse a la frontera con México, en donde se ha podido ver de manera fehaciente la cara del drama de lo que se está viviendo.

Un problema regional se ha hecho a estas alturas un tema del mundo. Al mismo tiempo que estamos viviendo este gran problema migratorio en nuestra zona, en Europa se presentan escenas similares, en forma y fondo, que tiene confrontados a gobiernos y sociedades.

El fin de semana se vivieron hechos violentos derivados de problemas migratorios en España; el saldo fue de al menos once personas heridas. Si bien existe en la condición humana un espíritu migratorio, es evidente que estamos ante otro tipo de situaciones que merecen otro tipo de atenciones y, sobre todo, otro tipo de soluciones.

La migración hondureña no es sólo la búsqueda de mejores condiciones de vida, propias del régimen de derechos humanos, es fundamentalmente un intento desesperado y, quizá el último, por salir de su país debido a la pesadilla en que los han metido.

El gobierno mexicano debe ser sensible. La solución es regional, pero si algo no nos debemos permitir es ser una especie de defensor de intereses que no necesariamente son los nuestros.

Lo inmediato es dejarlos entrar y ofrecerles la ayuda necesaria. Nuestra frontera debe ser solidaria con Centroamérica porque, al final, es también de ellos.

RESQUICIOS.

Dudas y más dudas sobre la consulta sobre la construcción del nuevo aeropuerto. Por más que sea vinculante, adelantamos que no ofrece  elementos para una buena decisión, sea cual fuere.