Noticias de la marcha

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Repantigado en el mullido sillón de su amplísimo estudio, Gamés ha leído a los cronistas de la Marcha por la Paz con Justicia y Dignidad. Muchos se han volado la barda de las descripciones soltándole la rienda al potro de los sentimientos. Gil leyó en su periódico Reforma a Daniela Rea y Benito Jiménez. La marcha llegaba a Topilejo y los cronistas se sintieron tocados por el viento de la historia: “Los pobladores del lugar que en 1968 dio refugio a los estudiantes luego de la masacre del 2 de octubre respondían desde su anonimato: ‘¡Justicia!’. En el estrado, Javier Sicilia apretaba las mandíbulas para no llorar”.

Correcto, pensó Gilga, ¿y qué tiene que ver? Nada, a veces a los cronistas se les pegan los platinos y se les funden las bujías. Los mismos cronistas cuentan esto: “Durante el trayecto, el poeta mostró signos de agotamiento. En el kilómetro 47 dijo: ‘me siento cansado’ y abordó una camioneta que lo adelantó apenas un kilómetro. Soledad Baltazar, madre de un joven asesinado, se acercó para hacerle una limpia de energía”. Los cronistas no informan nada más al respecto.

El megaopinador Miguel Ángel Granados Chapa dedicó la “Plaza Pública” al asunto: “Caso Sicilia: embrollos, no resultados”. Al final del texto, Granados recordó a José Vasconcelos y la matanza de Topilejo: “El 14 de febrero de 1930 una redada que comenzó semanas atrás terminó con una matanza terrible, en que más de una decena de militantes, a los que se ordenó cavar su propia tumba, fueron colgados por el solo delito de haber votado en contra del naciente partido de la Revolución. Obviamente nadie nunca fue castigado por esos crímenes. Guárdese en el lugar un minuto de silencio”. La columna de Granados Chapa se debería llamar “Plaza Solemne”: guárdese un grave silencio, recuérdese a los héroes, piénsese en los crímenes de la historia nacional (de preferencia en todos), léase mi columna como si fuera la de la Independencia.

Los cronistas Alonso Urrutia y Rubicela Morelos relataron la llegada de la marcha a San Miguel de Topilejo. Desde Coajomulco el poeta Sicilia había fustigado a los gobernantes, políticos, autoridades en general y en particular, ejército, partidos políticos e instituciones, o como se llamen. Escribieron los cronistas al final de su texto: “Entre los pocos oradores, una adolescente habla de la solidaridad, de la lucha social y del reconocimiento a Sicilia por su iniciativa, sólo para rubricar con algo que parece súplica: que el poeta no silencie su poesía”. Rubricar, gran verbo, meditó Gamés un tanto aturdido por la lectura de las crónicas de la marcha.

La marcha llegó a la Ciudad Universitaria. Javier Sicilia se sentó en unas escaleras metálicas detrás del escenario a escuchar el Réquiem de Mozart interpretado por la Orquesta Sinfónica de la UNAM. En el estrado lo acompañó el poeta Hugo Gutiérrez Vega. Los seguidores de la marcha se le acercaban, le pedían autógrafos, una fotografía para el recuerdo. El poeta Sicilia se quitó el sombrero café que lo protegió del sol a rajatabla durante toda la caminata y conservó el chaleco verde deslavado de periodista de guerra, repleto de faltriqueras, y dijo: “Espérenme, déjenme oír el Réquiem. No soy Lady Gaga, sólo quiero ser la voz de ustedes”. Así lo refirió la crónica de Daniela Rea en su periódico Reforma y Gamés se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: aquí hay complejidades: ¿se trata de una marcha contra la violencia o de una peregrinación, un raro Camino de Santiago?

La frase del poeta Paul Valéry avanzó en su marcha hacia el amplísimo estudio: “Nuestros pensamientos más importantes son los que contradicen nuestros sentimientos”.

Gil s’en va

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