Occidente: la conspiración como política

Las sombras de Gray
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Viviendo en sociedades democráticas y abiertas, nos parece que la acción política discurre siempre dentro de cauces formales, transparentes y reconocidos: parlamentos, partidos, movimientos ciudadanos, elecciones, foros públicos.

Todo lo demás es inmisericordemente descontado y descalificado como fruto de la conspiranoia. Pero cuando se leen las memorias y documentos desclasificados de los grandes poderes de la Guerra Fría (minutas del Politburó soviético, archivos de la CIA) salta a la vista el lugar ocupado por la conspiración dentro de los procesos políticos contemporáneos.

Que los dueños de una potencia de 200 millones de habitantes dedicaran reuniones a planificar el destierro y la demolición moral de un puñado de disidentes; que los empleados de la principal agencia de espionaje mundial tuvieran acuerdos con narcotraficantes para destruir, mediante droga, a decenas de activistas y movimientos raciales en suelo propio, habla de los límites éticos y jurídicos transgredidos en una lucha maximalista, por el control del mundo. Los movimientos terroristas tienen, en la conspiración, su modus operandi.

El orbe sigue siendo poblado por regímenes políticos enfrentados, aunque la economía sea una: la capitalista. Y en estos escenarios post Guerra Fría, si bien con procesos y conflictos menos nítidos —ya no se explica todo por el bilateralismo de la disputa Este-Oeste— la conspiración vuelve a primer plano. Ahora visibilizada por los nuevos medios de la era 2.0. Los intentos de incidir y descarrilar las elecciones, los sabotajes a cuentas de correo y redes sociales, las campañas de asesinato de reputación, las conspiraciones terroristas de alto perfil son pan nuestro de cada día y forman buena parte de los procesos políticos globales.

Adicionalmente, el control comportamental y mental —desde los programas derivados del proyecto estadounidense MK Ultra y los actuales planes chinos de monitoreo, sanción y premio comportamental vía NTICs— nos acerca a las distopías literarias tipo Nosotros o 1984 y los filmes de ciencia ficción hollywodenses, desde Minority Report a Blade Runner. De hecho, ahora cuando escribo esta columna —y cuando la lee usted— hay observadores no invitados participando del proceso de difusión de ideas. Algunos sólo fisgonean sin mayor importancia, otros tomarán nota del proceso, notas que reposarán en el file correspondiente de su matriz empleadora.

La nueva derecha gringa y los ultranacionalistas rusos han llamado la atención, con sus narrativas y acciones, sobre estos temas. No existe un gobierno mundial que pretenda controlar y domesticar nuestras vidas. Sino una panoplia de recursos de monitoreo, fabricación de mundos y verdades falsas puestos a disposición, como novedad, en un mercado global del control político. M. Foucault , H. Marcuse y D. Estulin, con las reservas de cada caso, deben ser revisados seriamente. La biopolítica y la lumpenpolítica ocupan un sitio cada vez más relevante dentro de los procesos de cambio local y choque civilizacional, en todo el orbe. Tener conciencia de ello —y tomar los debidos resguardos— nos permitiría sobrevivir cívicamente, como personas y comunidades, en las nuevas arenas de disputa del milenio que avanza.