Otro árbol que da moras

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:
  • larazon

Fernando Escalante Gonzalbo

La visita del Presidente Peña a Cuba nos dejó una surtida cosecha de fervorines democráticos —textos enérgicos, de subida indignación moral, porque el viaje contribuyó a legitimar al régimen cubano. Desde luego, palabras como dignidad, vergüenza, ética, firmadas por según qué plumas, tienen una resonancia extraña. El problema no es ése, sino el conjunto de implícitos en que se sostiene el alegato.

La idea de emplear la política exterior para imponer estándares morales en la comunidad internacional es un disparate peligroso. Veamos: ¿Dónde habría que poner el límite? ¿Tendríamos que romper relaciones con Zimbabwe, donde gobierna Robert Mugabe desde hace treinta años, o con Guinea Ecuatorial, por los desafueros de Teodoro Obiang? ¿Y con Arabia Saudita, con Irán, que tienen una idea de los derechos humanos muy distinta de la nuestra? ¿Y Bielorrusia, Kazajstán, Angola?

Parece razonable que la democracia, el respeto de la legalidad, de un conjunto mínimo de derechos, sirvan de orientación para la política exterior. Y es razonable hasta que se piensan en serio las implicaciones. Otro ejemplo: Estados Unidos. Nadie se avergüenza de reunirse con Obama. Y sin embargo, Estados Unidos está ocupando militarmente Afganistán desde hace más de una década. Invadió Irak sin que mediase declaración de guerra, sin que hubiese ningún motivo válido, contra el derecho y contra la opinión de la comunidad internacional, un país diez veces más chico, infinitamente más pobre, que quedó destrozado, con más de cien mil muertos. También ha bombardeado durante años el norte de Pakistán con aviones no tripulados, matando a más de tres mil civiles. Y Yemen, y Somalia. Y si desandamos cincuenta años de historia, es peor.

Se habló mucho en los primeros meses del gobierno de Vicente Fox de la posibilidad de inaugurar una nueva política exterior: más moderna, flexible, dinámica, más audaz, de agresiva promoción de la democracia y los derechos humanos, dejando atrás la antigualla de los principios. Todo aquello quedó en agua de borrajas. Peor: en una imagen deteriorada del país, menores márgenes de maniobra. Es claro que la vieja política exterior, la que tuvo extraordinarios resultados durante la mayor parte del siglo veinte, no puede mantenerse sin más. Pero nos hace falta algo más sólido, mejor pensado, de mayores alcances —que seguramente será una puesta al día de la política de principios.

Leo Zuckermann encontró la cuadratura del círculo. Nada con las dictaduras, salvo que haga falta: “hay situaciones en que un gobierno democrático debe reunirse con una dictadura porque le conviene a sus intereses”, porque es “un socio económico importante” o “una potencia mundial”. Es la versión neoliberal de la política exterior: hay que defender enérgicamente los principios morales, a menos que sea buen negocio renunciar a ellos —¡quién da más!