Padura: la herejía contenida*

Las sombras de Gray
Por:
  • armando_chaguaceda

Mientras escuchan estas palabras, del otro lado del Atlántico, comienzo a leer la última novela de Leonardo Padura.[ii] Y la inevitable mezcla de fastidio por no poder compartir con el escritor que los reúne hoy en suelo leonés, se atenúa con la seductora inmersión en la trama de marchantes, nuevos ricos y (no tan nuevos) pobres que pueblan su última novela. Otros panelistas comentarán al autor y su obra desde aproximaciones y dimensiones literarias, así que yo prefiero hacerlo desde la mirada del cientista social y, específicamente, del académico cubano-mexicano para quién la prosa de Padura ha sido un reflejo vivo de la novela de mi vida.

Desde la óptica del orden imperante en la Cuba postsoviética, Leonardo Padura se ubica, por la factura e impacto de su creación, en cierta zona gris de la cultura y sociedad insulares. Es, de algún modo, la obra de un subversivo -aunque no por algún propósito explícito de sus apuestas - cuyo reflejo de la realidad reivindica herejes, devela máscaras y derrumba los mitos en torno a un pasado perfecto. Los hechos lo demuestran. Dentro de su (mi) tierra natal, Padura no es publicado sino en limitados tirajes, que no guardan proporción con la calidad, acogida y difusión internacionales de su obra. Sus presentaciones en la Feria del Libro de La Habana reciben mucha menos difusión -aunque muchísimo más público- que el último libro o conferencia de amigos leales de "la Revolución". En la provincia cubana, una vez culminada la "fiesta de la lectura", sus libros desaparecen por arte de magia sin necesariamente pasar a los estantes del lector, como testimonian con acritud amigos de la isla. En ocasión de recibir el Premio Princesa de Asturias, la nota del diario Granma fue tan tardía como mal ubicada. Tal parece que la burocracia insular, dubitativa sobre "qué hacer con el escritor", ha decidido regatearle cada minuto, cada plana, cada stand.

Paradójicamente, su éxito abona, al mismo tiempo, a la leyenda de una cultura heterodoxa, plenamente reconciliada con la diversidad y la libertad, como campo de creación y difusión autónomo supuestamente aceptado por el Estado cubano. Lo cual significa que los privilegios -nunca derechos de todos los ciudadanos- negociados por artistas e intelectuales y correspondidos, desde la gestión del intelectual ministro Abel Prieto, con el reconocimiento selectivo dispensado por los gobernantes de la isla, operan como válvula de descompresión y legitimidad ante influyentes circuitos de la progresía global. Explicando, entre otras cosas, que todavía reaparezcan, frente al Malecón, los nuevos Sartres que visualizan, en el jerárquico orden insular, una promesa emancipatoria, inexplicablemente diferente al modelo del socialismo real.

Eso sí: tras este vals entre políticas -selectas- gramscianas y prácticas -masivas- estalinistas aparentemente contradictorias, se oculta un designio de poder. Uno que sabe del imperativo de usufructuar el éxito en el mercado global, de mantener desconectados discursos y públicos, fragmentada la esfera pública y administrados los medios de comunicación. Uno que erige un esquema donde la cooptación y la censura se combinan con prácticas groseramente punitivas, como recuerdan los casos del escritor Ángel Santiesteban, la teatrista Lynn Cruz, el cineasta Miguel Coyula o la "artivista" Tania Bruguera. Un esquema donde las políticas editoriales, el acceso a Internet, las currículas docentes y las programaciones cinematográficas deben, por fuerza de ley, responder a ciertos "principios " caprichosamente administrados por el aparato ideológico del partido único. Todo para sostener, aceitar y ejercer un añejo sistema de control social bajo el cual un Estado "analógico" intenta sujetar a una sociedad cada vez más activa y plural -hija legítima y rebelde del éxito educacional posrevolucionario- que se expresa bajo lógicas "digitales" de blogueros, cineastas y públicos contestatarios.

Inmerso en esa realidad, Padura es el mejor cronista de una sociedad -la de mis padres y vecinos- insatisfecha pero conservadora; tan institucionalmente ideologizada como despolitizada en lo cívico. Al leerlo, recupero las sensaciones que, salvando las distancias de género, factura y estilo, me embargaban en la adolescencia al escuchar las canciones del trovador Carlos Varela. El libro de Padura La novela de mi vida es -junto con el film alemán La vida de los otros- la creación artística que más ha marcado, en años recientes, mis circunstancias intelectuales y humanas. Desde la pluma del narrador, pude ser testigo del desgarrador reencuentro -y las mutuas confesiones- del escritor exiliado con sus viejos amigos en La Habana del Período Especial. Transportándome, desde estas vivencias, a momentos que muchos quisiéramos superar sin abonar la desmemoria colectiva. Momentos donde, revindicando la letra burlada de las leyes o las posibilidades liberadoras de la poesía, sucesivas generaciones de cubanos apostamos a ser y vivir como ciudadanos, frente a los despotismos que han forjado, por siglos, nuestra vida nacional. Despotismos que, como dice el personaje de Heredia en la novela, han condenado a muchos compatriotas "a vivir como desterrados, siempre añorando la patria, eternamente extranjeros, lejos de la familia y los amigos, hablando lenguas extrañas y muriendo de deseos de volver".

Pero no se trata de confundir la admiración hacia la obra y persona de Leonardo Padura con la ausencia de discrepancia que, tras el mano de la cortesía, sustituye la amistad por la adulación. En sus entrevistas y crónicas periodísticas sobre Cuba -publicadas por medios tan diversos como La Vanguardia, La Jornada o Sputnik Mundo- el vecino ilustre del barrio habanero de Mantilla prefiere aludir a "lo social" antes que identificar una dimensión explícitamente "política" de cambios y problemas. Cree que "lo económico" es el problema urgente de la isla. Y considera superado, en lo fundamental, el legado estalinista en la sociedad y cultura cubanas. Personalmente, le he expresado mi postura al respecto. Para alguien que –como él- ha reflejado con vivos colores, la supervivencia del modelo soviético en el Caribe insular, tal postura despolitizadora aparece, en todo sentido, como limitada. Asume aquí el verbo de Padura el tono de una herejía contenida -en tanto frontera de lo políticamente abordable- por su propia visión personal y en sintonía con los límites discursivos establecidos por el poder.

Empero, el Mulato -como lo llamamos cariñosamente sus amigos- no tiene que asumir una tarea ajena. No estoy seguro que él - y nosotros- necesitemos que sustituya la novela por la sociología. La mente y manos de Padura tejen filigranas de la convivencia social cubana, pintan frescos de la vida cotidiana en la isla; no paren panfletos políticos ni textos académicos. No sería buen negocio perder al buen novelista sin la certeza de adquirir un mal antropólogo.

Desde los años 80, Padura ha introducido un tipo de literatura que visibiliza la desigualdad, la corrupción, la distancia entre la épica oficial y el heroísmo del sobrevivir cotidiano de la mayoría de los cubanos, lastrados con un "cansancio histórico". Con su sentido concretísimo de la lealtad y la justicia, su sensibilidad por el arte y su existencia hedonista y desencantada –en suma, terrenal-, el personaje de Mario Conde es el policía con que deseamos toparnos algún día, cuando nuestras palabras y actos nos pongan en la mira del poder. Todo eso es ya suficiente para agradecer a alguien como Padura. Quien decide vivir y crear en las peculiares circunstancias de una Habana que languidece, en cámara lenta, en este cruel arranque de Milenio.

León (Guanajuato)-Barcelona (Cataluña), 5 de marzo de 2018

 

 

 

 

[*] Texto escrito –con el maridaje de viejos y nuevos apuntes- para la presentación de Leonardo Padura en la Universidad de Guanajuato, Campus León, el martes 6 de marzo de 2018.

[ii] La transparencia del tiempo, Tusquets, 2018.