Política Ficción

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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A pocos días de que nos quedemos con las ganas de atestiguar un ejercicio republicano de rendición de cuentas por parte del presidente de la república; dado que éste ha decidido cambiarlo por un formato que esperamos no raye en lo artificial y hueco, es propicio trazar algunos escenarios políticos con miras a la sucesión presidencial. Pertinente también, porque hoy nos encontramos a poco más de un año de que inicie formalmente la contienda electoral; y a dos de que concluya el mandato de la presente administración.

Para construir escenarios es indispensable tener bien identificadas las circunstancias imperantes y los actores que participan. Por lo que toca al entorno, sobra decir que existe una animadversión generalizada hacia el desempeño del presidente; y una crítica mordaz en el mismo sentido por parte de la clase política, el empresariado y los líderes de opinión. Las encuestas arrojan resultados lamentables, con índices de desaprobación pocas veces vistos. Hoy esto resulta particularmente dramático porque Enrique Peña llegó a tener también una aprobación inédita; tan es así, que muchos lo hacían presidente cuando aún era gobernador. Todavía recuerdo que durante mi campaña para delegado en Álvaro Obregón en 2009, la gente en la calle me anticipaba que para 2012 votaría por él, a pesar de que en muchos casos se trataba de personas que tradicionalmente se inclinan por la izquierda, a consecuencia, primordialmente, de los apoyos que reciben y que provienen de “programas sociales” electoreros.

Cuando finalmente ganó, tuvo la autoridad y el liderazgo suficiente para lograr la firma del Pacto por México y para sacar adelante reformas que habían esperado décadas para concretarse. Pero demasiado pronto llegó la catástrofe a su prestigio e imagen, producto de flancos que él mismo abrió y que no supo o pudo defender. Y a partir de entonces, aliados, asociados, enemigos y poderes fácticos dejaron de negociar y de hacer política con su administración con base en el respeto y cautela que su alta investidura debieran imponer. Debilitado, temeroso y acorralado, su equipo ya no le responde y la calle tampoco. La falta de oficio con la que se encaró el caso Ayotzinapa; y la torpe respuesta al escándalo de la Casa Blanca, han llevado a su presidencia a una espiral descendente que no parece detenerse.

Así las cosas y entrando de lleno a la política ficción — que puede no ser, ni tan ficticia, ni tan aventurada, dado el catastrófico resultado obtenido en las últimas elecciones — digamos que el 2018 está perdido para el PRI. Tomando en consideración esta premisa, en la cúpula gubernamental se empieza a jugar con el cerebro y no con el corazón, tal y como a estas alturas, en sexenios anteriores (por lo menos en los de Fox y Calderón) se hacía desde Los Pinos y alcanzaba a todos los círculos de poder.

Al hacerlo así, las dos administraciones panistas fueron exitosas en alcanzar los objetivos que las circunstancias en ese momento les impusieron. Fox, por ejemplo, fue un crack realizando un doblete: por una parte, aseguró la continuidad del PAN (no obstante que el candidato de su partido no era el de su preferencia); y por la otra, la derrota de López Obrador. Mientras que Calderón alcanzó solamente el último de estos objetivos — que no es cosa menor — aunque ahora, seis años después, su esposa está a punto de anotarse otro gol, aunque para lograrlo tendrá que buscar “que les devuelvan el favor”.

En este contexto, hay que considerar también que las encuestas indican que Margarita Zavala es hoy la única que puede derrotar a la izquierda fanática y radical que representa MORENA. Supongamos entonces que, como parece lógico, esta información está siendo procesada en Los Pinos, en Insurgentes Norte, en Bucareli y en los círculos empresariales. Siendo esto así, entonces una hipotética hoja de ruta marcaría lo siguiente:

1.- Se negocia el EDOMEX, a cambio de apoyar a Margarita (pactando que el PAN y el PRD vayan por separado en esa contienda local). Sin embargo, en el proceso presidencial, estos dos partidos irían en coalición y requerirían contar con el apoyo del tricolor; a condición de que a este último se le respete su histórico bastión y otras “cositas”.

2.- Se nombra a un secretario de gobernación con la experiencia suficiente para conducir el proceso sucesorio; preferentemente alguien que haya construido puentes sólidos con el calderonismo.

3.- Para la contienda presidencial, el PRI nombra al mejor posicionado como su candidato o candidata; de tal suerte que haga una campaña de tipo testimonial pero con una encomienda fundamental: ayudar a ganar para el partido el mayor número de posiciones en ambas cámaras (el PRI jamás será un convidado de piedra en el sistema político mexicano).

Todo puede suceder y la imaginación no tiene límites, como tampoco los tiene el deterioro que se está evidenciando. Sin embargo es bien sabido que el instinto de supervivencia lleva al hombre a alcanzar fronteras insospechadas. El político de verdad —no el de las series de televisión— tiene que enfrentar los retos con inteligencia y estrategia, pensando en el bienestar superior de la nación. Y lo que está en juego no es tarea de una sola persona, esto supera dogmas e ideologías.

Nota: Cuando el presidente Richard Nixon se hizo de toda la fuerza política, no solamente tuvo el infame arrojo de bombardear Camboya, sino que de la mano de Kissinger se dio el lujo de abrir las relaciones con China. Después de Watergate, los poderes fácticos lo hicieron pedazos.