Politica versus guerra

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Leo a colegas que llaman a recobrar, en Venezuela, la hora de la política. Allí, como en ningún lado de este continente, se hace hoy política en grande.

Maduro, aplicando la lógica de realismo autocrático desarrollado desde Ramsés II a Erdogan: descalifica, engaña y, con el momento y fuerza decisivos, aniquila. La ciudadanía -aquí no cabe ya decir simplemente la oposición- saliendo, en marchas y plantones, en consulta popular y barricadas, indefensa ante la represión. Como hicieron los polacos, birmanos y chilenos frente a sus dictaduras. El gobierno —y sus aliados bolivarianos, sus intelectuales “antiimperialistas”— tiene claro lo estratégico: hacer la Constituyente totalitaria. Sabotea foros multilaterales, descalifica mediaciones, patrocina a opositores de los gobiernos que cuestionan su autoritarismo. Seduce a empresarios, periodistas y luchadores sociales. Todo según el guión cubano, ensayado por medio siglo, fusionando diplomacia, espionaje y subversión.

Pero los demócratas del continente somos tibios y lentos. Los totalitarios, con su disciplina y organización militar, nos aventajan. En la diplomacia confiamos con apaciguamientos que hagan rectificar al déspota. Privilegiamos la soberanía nacional antes que la voluntad popular y los derechos humanos. En la izquierda democrática nos paraliza acomplejados el “no hacerle el juego a la derecha” y gritamos ante las amenazas de Trump con más fuerza que contra la represión de estos 100 días. Exploremos la agenda de la Unidad de esta semana: llamado a movilizaciones, nombramiento de nuevos magistrados. Actos todos con base jurídica, política y moral, fundados en la Constitución (chavista) vigente. ¿Habían opciones diferentes que ayudaran a “negociar”? Difícilmente, dada la vocación del gobierno de imponerse por sobre las leyes y voluntad popular. Recuerden que la Asamblea Nacional aceptó desincorporar los diputados amazónicos, pretexto del Tribunal Supremo para declararla en desacato, pese a lo cual éste mantuvo su fallo.

Que el Revocatorio fue bloqueado tras superarse -participación mediante- todas las barreras del Consejo Nacional Electoral. Que el diálogo nació frustrado, pese a la mediación del Vaticano. Recuerden la respuesta del régimen a la masiva consulta 16J y las protestas ciudadanas.

¿Se impondrá el modelo cubano en Venezuela? El gobierno tiene la fuerza: podrá abolir la Constitución (chavista), asaltar el parlamento, ilegalizar la oposición, asesinar y apresar a miles de personas, forzar migraciones desesperadas. Pero una sociedad vital y diversa -universidades, medios, iglesias, trabajadores, comunidades- que resiste el bozal totalitario no ha podido ser domada. Mientras eso no suceda —y el mundo no se acostumbre, naturalizando el desastre— hay esperanza.

Lo que vemos en Venezuela no es un comportamiento “normal” democrático: ese donde los ciudadanos se expresan, los gobernantes toman nota y se corrige el rumbo. El régimen no quiere medirse en urnas, respetar sus leyes, aceptar al otro. En todas partes de Latinoamérica hay severas violaciones a DDHH, obra de actores públicos y privados, que se ceban en los más pobres y débiles. Pero no en toda la región una camarilla ha declarado enemiga ideológica a la población que le adversa, acosando con cárcel aquellos poderes públicos que no controla -parlamento, fiscalía, gobernadores, alcaldes-; torturando y asesinando a sus oponentes políticos.

Basta de falsas asimetrías que equiparan al abusador y la víctima que resiste, de invocaciones abstractas a un diálogo necesario que una mayoría desea mientras una cúpula sabotea. Alto a la magnificación de los errores de un lado mientras se callan los crímenes del otro. Hay que rescatar el valor de las palabras, para el análisis y la denuncia, pues hoy todos somos venezolanos.