Sábado 5.12.2020 - 15:45

Políticos embotellados

Emociones y decisiones
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Cuando cruzamos la línea fronteriza con Estados Unidos y nos ponemos detrás de un volante, súbitamente surge un mexicano nuevo, uno que está atento a las leyes de tránsito, que respeta los límites de velocidad, que cuida las líneas peatonales y se comporta con el máximo de los respetos ante los agentes de tránsito.

Una metamorfosis digna de estudio, pero que se explica fácilmente al entender que el mexicano tiene exactamente las mismas aptitudes para dejar detrás la corrupción y respetar la ley; simplemente no tiene los estímulos necesarios para hacerlo en su país.

Los vecinos del norte no son extraterrestres; allá también hay mucha pobreza, desigualdad, ignorancia, crimen, alcoholismo, abuso de drogas y una larga lista de problemas sociales. Pero rápidamente su sistema se dio cuenta de lo complejo que era ordenar a poblaciones tan grandes y diversas, por lo que se abocaron a estandarizar ciertos aspectos de la vida, y pusieron particular énfasis en el imperio de la ley.

Se percataron de que una de las cosas más básicas por dónde comenzar era precisamente en el respeto a las reglas de tránsito. Si podían tener éxito en esto (que es de un alcance masivo y diario), podían construir a partir de eso en otras cuestiones de convivencia y civilidad.

Pero nuestros gobernantes ni siquiera han dado pasos en esa dirección. Nunca abrigué muchas esperanzas en Héctor Serrano ni en ninguno de sus predecesores; y, bueno, el Reglamento de Tránsito que nos rige hoy en día (con todo y que se creó una Secretaría de Movilidad) es una muestra más de que no están hechos para resolver problemas de fondo, sino para la burocracia y la política.

La cosa más absurda que resalta es que otra vez, por enésima ocasión, les dio miedo y pereza establecer los exámenes de conducir para obtener una licencia. Supongo que excusas habrán encontrado miles: como la corrupción que esto podría generar, el gasto que implicaría, las quejas ciudadanas, el impacto electoral, y quizás también algo que pudiera molestar al Papa Francisco o al Frente Ciudadano.

Me pregunto si se acomplejarán al pensar cómo diantres le habrán hecho en ciudades como Nueva York, Los Ángeles, Chicago o Houston para obligar a las personas a pasar una prueba escrita y práctica de manejo. Pero, bueno, la salida más mexicana a este dilema es hacer de la obtención de la licencia un derecho y no un privilegio. ¡Sí, señor, faltaba más!

Eso sí, en el infame reglamento los primeros artículos están dedicados a los peatones, y ya por allá del noveno empiezan las reglas para conducir. Y en materia de multas y puntos que uno puede perder por infringirlo no escatimaron en tinta y se explayaron hasta la saciedad.

Deberían de darse una vueltecita por Orizaba, Veracruz. Sin tanto cuento señalizaron cada intersección con señalamientos para ceder el paso (Uno x Uno) y han logrado que la ciudadanía lo acate (aunque también están faltos de examen). Pero, bueno, aquí lo suyo es hacer política y cartitas enternecedoras; lo demás es lo de menos.