Por nuestro propio bien

Activan fase de precontingencia en Nuevo León
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Hace tiempo que se nos pasó el entusiasmo por la “transición a la democracia”. En México como en el resto del mundo. Cuesta trabajo imaginar que alguien haya creído alguna vez que la democracia sería una solución prácticamente universal. Y sin embargo eso se pensó y se dijo, con mucha frecuencia.

Vale la pena recordarlo, aunque sea sólo para guardar un poco de escepticismo para cuando venga la siguiente oleada de entusiasmo, con la siguiente solución milagrosa.

Pienso en eso leyendo el último libro de Paul Collier, Wars, Guns and Votes, que si no me equivoco se ha traducido como Guerra en el club de la miseria.

Collier es economista, profesor en Oxford, ha sido asesor del gobierno británico para asuntos africanos y funcionario del Banco Mundial. Es un hombre bien intencionado, autor de algunos libros conmovedores. En este último trata de explicarse por qué persisten e incluso se agudizan los conflictos en los países africanos después de la transición a la democracia.

Sus conjeturas son a veces sensatas, discutibles, y para mi gusto demasiado generales. En resumen, viene a decir que la democracia es factor de inestabilidad en los países pobres. Incluso le pone números: la democracia es “peligrosa” en los países con menos de 2,700 dólares de ingreso per capita.

No me interesa por ahora su explicación, sino el marco en que la sitúa. Dice: “subestimamos la dificultad” y terminamos promoviendo “la fachada en lugar de la infraestructura” de la democracia. Dice: “querríamos que los más pobres fuesen como nosotros, pero nos olvidamos de cómo llegamos a ser lo que somos”. Lo que viene a decir es: creíamos que bastaba con contar votos, y resulta que no. Me pregunto: ¿quiénes creían eso? ¿Por qué llegaron a convencerse de semejante tontería? ¿De verdad alguien pensó alguna vez que para resolver los problemas en el Congo, en Irak, en Nigeria, bastaba con que hubiese partidos políticos y elecciones y una cuenta imparcial de los votos?

Lo verdaderamente grave está en la conclusión última que extrae Collier: la comunidad internacional, dice, está obligada a intervenir para defender la democracia en esos cincuenta o sesenta países que son demasiado pobres.

Literalmente: “la intervención militar, adecuadamente limitada, puede desempeñar un papel esencial para ofrecer a la vez seguridad y responsabilidad de los gobiernos”. Otra vez es la obligación del hombre blanco civilizar a los infortunados salvajes del sur. A balazos, si hace falta. El nuevo humanitarismo es así: enérgico, desprejuiciado y entusiasta. A ver si no se equivoca ahora también en el diagnóstico.

Por cierto: ya estamos en la cola, para cuando toque el reparto de soldados civilizadores. Será por nuestro bien.

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