Miércoles 23.09.2020 - 11:03

Por que no queremos ninos haitianos

¿Por qué no queremos niños haitianos?
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No es feliz la decisión de nuestro gobierno de impedir que dos mil familias mexicanas interesadas adopten niños haitianos desamparados a causa del terremoto del 12 de enero. Es difícil de comprender aún bajo el argumento oficial:

“Por el momento no se han definido los mecanismos ni el número de niños haitianos susceptibles a ser adoptados”.

¿A poco hubo que “definir mecanismos” cuando México abrió sus puertas en los años treinta a miles de españoles que perdieron su patria durante la dictadura de Franco, y a otros tantos chilenos, argentinos y uruguayos escapados de la bota militar en la década de los años setentas?

Cierto que este caso es diferente porque aquéllos eran adultos y tomaban decisiones por sí mismos. Pero Haití es zona de desastre total y el 56 por ciento del millón de sobrevivientes dañados son niños, la mayoría ya huérfanos.

Una emergencia de esas dimensiones amerita decisiones a su altura: en medio de la orfandad absoluta en que viven, esos niños morirán irremediablemente mientras transcurren los días y abogados de aquí y de allá revisan legajos de leyes sobre adopción.

Porque, aunque sea motivada por un cataclismo, es la primera oportunidad del mundo en dos siglos para sacar a Haití del autoaislamiento en que se sumió luego de que su liberación del colonialismo francés llenara de pavor al occidente.

Pobre, inculta, los haitianos tuvieron de dos: hundirse o sobrevivir. Optaron por lo segundo autoaislándose y el mundo le dio la espalda a su tierra arrasado por la pobreza, la incultura y un idioma, el creole, que únicamente hablaban ellos.

Una tierra que quedó marcada por el determinismo geográfico cuando vio desaparecer en 1519 el oro descubierto por Colón y España se marchó a donde sí había.

La ocupación y la voracidad francesas de finales del siglo XVII dieron el puntillazo al someter a la tierra haitiana en un cultivo intensivo y una deforestación que mataron su fertilidad.

La propia Haití puso el resto: tratando de espantar el infortunio de la esclavitud, prohibió tanto el asentamiento como las inversiones de extranjeros y limitó a los nacionales a labrar sólo parcelitas para que malvivieran.

Desesperada, invadió sin éxito reiteradas veces a República Dominicana, que se abría a la modernidad cultural y técnica, así como a la inversión extranjera.

Vivió después la polilla recóndita del desequilibrio total con 21 presidentes asesinados o expulsados sólo de 1843 a 1915 ocupaciones, dictaduras sucesivas de los Duvalier, huracanes, desgajamientos de montañas, sequías…

Su destino estaba echado desde mucho antes de este terremoto. Ayudar a voltearlo ya no es cosa sólo de Haití: es de todo el mundo.

Bien podríamos empezar, caramba, por permitir la adopción de tantos de sus niños perdidos.

ruben.cortes@3.80.3.65

agp