Miércoles 23.09.2020 - 12:04

PRI: Kramer contra Kramer

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Con motivo de los fallidos intentos de reformas que se producen rutinariamente en este país, ha surgido una versión para explicar el más reciente fracaso en la aprobación de algunas iniciativas legislativas que consiste en reducirlo a una mera disputa por el poder.

Es decir, no se trata de discutir los méritos, relevancia o pertinencia que tengan las propuestas en distintas materias —política, laboral, fiscal, seguridad nacional y un largo etcétera— para el progreso del país o el bienestar social, sino tan sólo de enfocarlas en tanto arrojen dividendos o pérdidas para alguna de las corrientes que existen al interior del PRI.

Que suelan formularse visiones y posiciones de esta naturaleza es perfectamente normal en política, al menos en la política que tiende a concentrarse en el muy corto plazo, porque estima que, una vez obtenidas las utilidades, ya habrá tiempo de hacer las grandes reformas.

En las actuales circunstancias, sin embargo, esa táctica puede ser suicida.

Primero porque esa polarización en torno a las reformas no sólo refleja, dentro del PRI, una grave dificultad para construir inteligentemente una determinada posición pública, sino que crea además enormes incentivos para las traiciones, conflictos y divisiones porque como no hay reglas o métodos deliberativos para procesar los temas controvertidos entonces cada quien intenta maximizar la tensión que se genera en su favor sin calcular las consecuencias colectivas.

El segundo problema, más delicado aún porque es de gobernabilidad, es que sienta un precedente fatal.

Cuando se está forjando una opción política que puede llegar a constituir un gobierno a partir de la inacción, de no tomar decisiones o de estar sujeto a los vaivenes de la coyuntura, se genera el escenario típico del “gobierno-corcho”, es decir, el que sobrevive básicamente flotando hacia cualquier lado y sin capacidad de ejecución.

La experiencia histórica indica que esos gobiernos resultan ser profundamente débiles porque su viabilidad depende de las facciones políticas internas (que las hay en toda administración), de los grupos de presión o de los poderes fácticos, y terminan no por gobernar sino por ser gobernados.

Y el tercer equívoco es suponer que el objetivo es llegar y lo demás no importa.

No es la idea, en este sentido, detenerse en consideraciones morales o históricas —que desde luego son o debieran ser esenciales en política—, sino de argumentar con una evidencia: las presidencias y los gobiernos más eficaces, los más fuertes y los que hacen la diferencia en la vida de las naciones, son los que proceden, se gestan y se ejercen en entornos críticos y en circunstancias complejas que ponen a prueba, si es genuino e inspirador, el liderazgo político.

La pregunta de fondo, pues, no es el destino de una u otra iniciativa, sino quién y por qué merece gobernar este país, hacerlo crecer equitativamente, imprimirle confianza y esperanza, y volverlo respetado en el mundo.

og1956@gmail.com