¿Qué fue de la Armada Invencible?

¿Qué fue  de la Armada  Invencible?
Por:
  • larazon

Los campeones de Europa, favoritos para llevarse a casa la Copa del Mundo, el vendaval capaz de arrasar equipos completos y sepultarlos bajo una lluvia de cuero, como se decía antes, la selección de ensueño perdió ante un equipo modesto de relojeros suizos. ¿Cómo ocurrió esa catástrofe? Como pasan todas las desgracias: rápido y de forma confusa. España presionaba con sus mejores hombres. Avanzaban hasta los tres cuartos de la cancha sin reproche alguno. ¿Quieren nombres? Ramos, Iniesta, Xavi, Busquets, Xabi Alonso, Capdevila, Silva, Villa. En algún momento inepto, España cambió los pases por los pelotazos. A los centros obsesivos, patológicos, le siguió el paso del tiempo y lo que va con él: la desesperación. Mientras tanto, los exactos suizos le daban cuerda a su reloj en silencio, contragolpes, amagos, que por cierto nunca llegaron a la puerta de Casillas. Esa nueva enfermedad del futbol, la estadística, registró dos tiros a gol de parte de la escuadra suiza durante el partido; España remató 24 veces contra la portería suiza. Ya lo sabíamos, la estadística miente: España perdió.

La debacle española ocurrió en un disparate: Derdiyok le ganó a Puyol una bola con la cabeza, la peinó y la encontró Nikufo que le devolvió un sueño a Derdiyok en carrera loca. Casillas salió con los pies por delante, ¿debió acometer con las manos? y rebotó el balón en el suizo que se enredó con Piqué a sangre y fuego. De pronto apareció Fernandes y empujó el balón a las redes, una jugada que le costaría a España tres puntos y la pondría en un apremio, una angustia, una oscuridad. La verdad es que España aún pudo ganar, pero el travesaño jugó en su contra en un trallazo de Xabi que casi se lleva la portería a las gradas. La Grande y Felicísima Armada Invencible perdía a sus mejores navíos bajo el temporal suizo. Un trascendido fugó el rumor de que Ottmar Hitzfeld, entrenador suizo, les prometió a sus hombres que si ganaban, en el vestidor los esperarían cinco vacas y ciento veinte relojes suizos, auténticos.

Sé que es jueves. Viene el juego de México contra Francia. Voy a perder la oportunidad de quedarme callado. Fuera del campo Guille Franco, que el Conejo coma zanahorias en Rustenburgo. Que vengan Ochoa al arco, Guardado como volante, Juárez de lateral y Cuauhtémoc Blanco como un poste pasador. En un principio así concibió Javier Aguirre a la selección: un veterano acompañando a lo que fue la sub 17, campeones del mundo por cierto. No es una mala tarjeta de presentación. Aquí, como en otros órdenes de la vida, la duda sólo servirá para empeorar las cosas. He imaginado brujas shakespeareanas durante la noche de Polokwane vaticinando el porvenir: Aguirre asesinó al sueño. Según entiendo, el triunfo de Uruguay sobre Sudáfrica le ha complicado a México las cosas. A México todo le complica las cosas, perdón por el pesimismo, pero uno se cansa. ¿Se trata de ser optimista?: México ganará.

Termino. Ya lo dijo el Caminante de la primera plana de La Razón: ¿seguiremos viendo programas con comediantes impresentables, mujeres bellas seguidas de negros en la selva, locutores acariciando leopardos, falsos nativos bailando el waka-waka? No soportaré ese suplicio, a mí me gusta el futbol. ¿Han visto ustedes a un ser que se hace llamar Facundo? No se los recomiendo, el joven no tiene dos dedos de frente y le entregan el horario estelar. Y no es que yo rechace el humor, al contrario, precisamente porque me gusta, deploro a ese joven. Les recuerdo lo que dijo Cortázar: siempre tenemos diez años.

rafaelperezgay@gmail.com