Receta contra el populismo

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
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Hace dos días, el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz señaló que “la verdadera preocupación respecto del populismo es cuando en aras de obtener el apoyo popular, se hacen propuestas vacías”. Tiene razón.

Aunque, además, me parece que el oxígeno que alimenta a los populismos lo inyectan los propios gobiernos e, incluso, los partidos que se les oponen. En mi opinión, la corrupción y la impunidad aparejada, la demagogia y las políticas timoratas en cuanto a los derechos sociales con tres aristas de los gobiernos y de los partidos liberales que refractan las propuestas populistas.

Primero, la insoportable corrupción. Sabemos que los mexicanos gastamos, en promedio, 35% de nuestro ingreso en pagos de micro-corrupción –desde la propina al “viene, viene” hasta la dádiva al burócrata que agiliza nuestro trámite– y eso es inaceptable; todavía peor, la visible y cínica corrupción de la clase política que vestida en Prada y calzada en Ferragamo hacen ofensiva la actividad pública.

En España, el éxito de Podemos ha sido nutrido de los escándalos del Partido Popular y de la pasividad cómplice de PSOE. Los innumerables casos de corrupción –el expediente Bárcenas, a la cabeza de ellos– y el fangoso acceso a la justicia hicieron que la lastimosa aprobación del gobierno de Mariano Rajoy sea hoy del 25%.

Además, el populismo responde a la incomodidad frente a los liderazgos vigentes y a su incapacidad por cristalizar alguna de las tantas promesas de campaña. La demagogia de los partidos tradicionales palidece, es cierto, frente a la labia flamígera e irracional de los actores populistas; sin embargo, el virus de la falsedad como moneda de cambio electoral fue introducido a la arena por partidos de derecha e izquierda, los mismos que hoy se lamentan de retórica populista.

Finalmente, el tema de los derechos sociales. Cuando los populistas impulsan medidas aventuradas que abonan a la construcción de un Estado Social de Derecho –renta básica, salario rosa, incentivos para jefas de familia– lo único que hacen es alinear sus propuestas de campaña con la doctrina de los derechos humanos sin temor a equivocarse. Para muestra está el caso mexicano, que en la Constitución de 1917, promulgó la educación pública, laica y gratuita para todos los niños y para la que, como era de esperarse, no tenía presupuesto para garantizar. Sin embargo, esta apuesta audaz hizo posible que –a cien años de distancia– la mayoría de las niñas y los niños tengan esta oportunidad.

Lo que se necesita, en conclusión, son políticos profesionales que rechacen la demagogia electoral, combatan eficazmente la corrupción y estén lejos del pacto de impunidad que la permite. Finalmente, el impulso de los derechos sociales desde las instituciones de gobierno y al margen de cualquier política partidista.

* Profesora Investigadora de la Universidad Anáhuac.

vlopezvela@gmail.com