Sábado 11.07.2020 - 12:20

Renuncia y condenas: primeros ministros y presidentes

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Leonardo Núñez González

“Ahora que este ciclo difícil ha terminado siento la profunda obligación moral y política de dejar a su juicio todo lo que he hecho, tanto lo bueno

como lo malo, los logros y las omisiones. (…) Mi mandato del 25 de enero ha vencido. Ahora el pueblo debe pronunciarse. Ustedes con su voto decidirán si negociamos bien o no”.

Esto fue parte del mensaje de Alexis Tsipras, el exprimer ministro de Grecia, al presentar su renuncia.

Después de siete meses de estar en el gobierno y de haber desatado una crisis política por toda Europa al tratar de doblegar a sus acreedores para reestructurar la deuda, Tsipras dejó el cargo.

Sin embargo, no fue una jugada para desaparecer del mapa político, sino que la convocatoria para tener nuevas elecciones a finales de septiembre le otorga la oportunidad de presentarse nuevamente a los comicios, pero deshaciéndose de los miembros radicales de su partido, Syriza, quienes lo han cuestionado fuertemente por aceptar el rescate para pagar sus obligaciones con el FMI y el Banco Central Europeo. Puede volver al gobierno con una coalición más moderada y sin tener que lidiar con la obligación moral de representar a un electorado radical. Si su maniobra tiene éxito, Tsipras podría regresar al poder y continuar con sus planes para lidiar con la profunda crisis en la que Grecia se encuentra sumida.

Pero lo que llama mi atención es el regreso a un antiguo debate: la flexibilidad del parlamentarismo ante la crisis. Un sistema que después de siete meses de turbulencia puede disolverse y convocar a nuevas elecciones para reconformar la coalición en el gobierno es algo usual en un régimen que no se encuentra atado por grandes periodos fijos de gobierno. Esta flexibilidad permite que, por un lado, gobiernos con buenos resultados puedan mantenerse por grandes períodos, como Angela Merkel, que ha estado al frente del gobierno alemán desde 2005 y, por el otro, que gobiernos en crisis puedan ser modificados ipso facto.

Por el contrario, el presidencialismo no permite esta adaptabilidad, por lo que un mal gobernante puede convertirse en una condena en la que se cuentan los días restantes o un buen mandatario puede tener que irse a pesar de sus resultados. Evidentemente sugerir la importación letra por letra de las características del régimen parlamentario es una ingenuidad, pero existen mecanismos alternativos que pueden llevarnos a resultados similares. El diseño más común ha sido el de períodos más cortos de gobierno y posibilidad de reelección.

En nuestro caso la anomalía es nuestro trauma heredado con la reelección y la existencia de un periodo presidencial excesivamente largo. Tanta es la singularidad que un lapso de seis años sólo existe en México y en Venezuela.

El ejemplo griego, en combinación con el pésimo desempeño de nuestro gobierno actual, debería llevarnos a una reflexión sobre nuestras instituciones para poder adaptarse y evitar, por el contrario, que la máxima adaptabilidad sea la circulación cosmética de secretarios de Estado.

leonugo@yahoo.com.mx

Twitter: @leonugo