Secuelas de la Gran Recesión: Bolsonaro, Trump, Orban

Comer de la basura
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A muchos nos cuesta trabajo comprender el giro totalitario que ha ocurrido en democracias que gozaban de cierta salud. Algunos sostienen que fue por el desgaste del discurso liberal; otros, atribuyen este retroceso al fracaso de las políticas de izquierda. Sin embargo, no podemos perder de vista el gran embate social que significó la gran recesión económica de 2009.

En la Economía del Miedo, Joaquín Estefanía señaló que: la Gran Recesión ha hecho más daño a los valores fundamentales de la democracia “que cualquier régimen totalitario en tiempos presentes”. Si no se encuentra pronto la capacidad de intervención política que pueda resistir la detonación de los mercados y haga compatibles los intereses contrapuestos de la sociedad global, no podrá hablarse de democracia.

Y mucho me temo que, a fuego lento, eso fue lo que nos llevó al tenebroso reajuste geopolítico actual.

La crisis económica internacional de 2009 puso, por segunda vez en la historia, a prueba los alcances del Estado de Bienestar. Desafortunadamente, en esta ocasión, el resultado no ha sido favorecedor. ¿Quién pierde con estos ajustes? La respuesta inmediata sería que los pobres; y, en efecto, pierden. Pero el sector social que resulta más perjudicado es la clase media.

Es imposible olvidar el caso de Dimitris Christoulas —farmacéutico de 77 años—, quien se suicidó frente al parlamento griego, en 2012. En una nota explicó los dos motivos que lo llevaron a tomar esa decisión: no voy a dejar deudas a mi hija; tampoco voy a buscar comida en la basura. Prefiero una muerte digna.

La noticia dio la vuelta al mundo, pues mostraba el costo humano de las medidas económicas impuestas a Grecia.

En la Gran Depresión de 1929, los suicidios notorios fueron los de los ricos que veían diluir sus fortunas; en la Gran Recesión, los suicidios fueron los de las personas comunes y corrientes —como usted y como yo—.

El miedo fue, entonces, el combustible político que reoxigenó los discursos xenófobos, radicales, racistas, machistas. Los discursos de odio de Bolsonaro, Trump, Orban o Le Pen lucran con el temor social, secuela de los días negros de la economía y prometen paraísos puristas a costa de desechar las oportunidades y los derechos de ciertos grupos.

¿Por qué no podemos esperar soluciones económicas ni políticas a largo plazo? Porque, como decía el economista Keynes, a largo plazo estaremos muertos. Y cada generación se merece la oportunidad de hacer una vida en condiciones de bienestar y de seguridad.