Miércoles 25.11.2020 - 06:49

Sismos: la solidaridad, lo reprobable y lo que falta

Violencia contra las mujeres, vergüenza y responsabilidad de todos
Por:

Con la ropa, la cara y las manos llenas de tierra, polvo de escombros de lo que apenas unos minutos antes era un edificio, el adolescente subía y bajaba la montaña de ladrillos, varillas y vidrios, alejaba a un niño del peligro y preguntaba a una mujer atónita qué necesitaba. El joven casi niño era el rostro del México que sabe ser solidario y generoso aun a costa de sus propios miedos, riesgos y carencias

Ese México, que despertó el 8 de septiembre con enormes daños en múltiples comunidades de Chiapas y Oaxaca, volvió a resentir los efectos sísmicos el 19 de septiembre (fecha que de aniversario se convirtió en nuevo desafío) en la Ciudad de México y en los estados de Morelos y Puebla.

Ese día y los siguientes, miles de jóvenes se apartaron de sus anhelos y quehaceres y se hicieron presentes en calles y plazas, al pie de los derrumbes, haciendo lo que sentían debían hacer: dejar a un lado su propio miedo para ayudar a salvar vidas, mitigar el dolor y atender las necesidades de otros.

La mayoría de ellos no había nacido en 1985, pero en el caudal de sus emociones llevaba la experiencia de la generación anterior y de igual, y acaso más consciente, espíritu solidario.

No sólo ellos, sino la sociedad entera, personas de todas las edades y de las más diversas condiciones se volcaron a las calles y a los sitios donde se requería ayuda.

Esta vez no hubo lapso de pasmo oficial. Las instituciones respondieron con prontitud y, brazo con brazo con la sociedad civil, militares, marinos, bomberos, policías municipales, estatales y federales e integrantes de los cuerpos de protección civil realizaron un trabajo continuo para rescatar sobrevivientes y, tan lamentable como indispensable, cientos de cuerpos sin vida.

Al prestar estos servicios, dotados de conmovedora emoción social, tanto voluntarios como agentes del Estado arriesgaban y arriesgan su integridad física e incluso su vida. En el extremo del desprendimiento, ni siquiera la posibilidad de morir pone límite a la solidaridad.

En contrataste, en medio de la multitud heroica surgieron algunos saqueos, el oportunismo inaceptable de quienes incluso en la catástrofe pretenden obtener ventaja criminal, así como expresiones de un humor condenable que difunde mentiras con reprobables propósitos e incomprensibles regocijos interiores.

Hubo otras formas de lucro, pequeñas como sus protagonistas: la selfie del que quiere estar un instante entre las ruinas para distribuir su presunción en las redes sociales. Algunos incluso colocaron su nombre junto a la imagen para inmortalizar su solidaridad vacía.

Con todo, fueron muy superiores la buena voluntad y el vigor incansable de las mexicanas y los mexicanos, así como de personas de otras nacionalidades que, más allá de fronteras y de orígenes, dieron ejemplo de que la solidaridad humana puede alcanzar admirables alturas de fraternidad.

Miles de casas, edificios y monumentos se encuentran en riesgo de ser inhabitables o de desplomarse en Chiapas, Oaxaca, Morelos, Puebla y Ciudad de México, y de dejar a familias sin hogar, alumnos sin escuela, hospitales sin servicio, poblaciones sin iglesias, historia sin emblemas.

Algunos inmuebles han sido derribados por la magnitud de los sismos, pero otros fueron condenados a la destrucción por la ligereza o la corrupción de servidores públicos y constructores. En los casos en que así quede acreditado, habrán de imponerse las sanciones que la ley prevea.

La experiencia de hace más de tres décadas nos recuerda que la odisea apenas ha comenzado.

Ahora, entre el duelo por nuestras hermanas y hermanos que perdieron la vida y a la par de nuestra solidaridad con sus familias, está en marcha el recuento de los daños y la necesidad de planear la reconstrucción, su financiamiento y sus prioridades, lo que incluye la demolición controlada de los inmuebles sin remedio.

Muchas familias tendrán necesidades que es indispensable atender. A diferencia de 1985, cuando creímos que por recuperar la normalidad en muchos ámbitos la tragedia había sido superada, debemos recordar a esas personas y familias que han quedado sin hogar, renovar nuestro apoyo y seguir atentos a los requerimientos siguientes.

Suele pasar que en el primer momento nuestra solidaridad emerge porque el drama es visible, y sin embargo, al paso del tiempo, cuando los efectos son menos evidentes, nos vamos olvidando de quienes aún necesitan apoyo para restablecer sus vidas.

Los meses por venir serán determinantes para el verdadero éxito de la tarea colectiva. Reunamos fuerza y compromiso.