Domingo 12.07.2020 - 13:28

Sobre todo en agosto

JJ Macías, apenado por narración de comentarista de Multimedios
Por:

Julio Trujillo

En un brevísimo poema de Poeta en Nueva York, titulado “Asesinato”, Federico García Lorca escribe: “Y el mar deja de moverse”. Esta catástrofe natural, que atenta contra los trabajos de la Luna, contra la respiración del planeta y contra la vida toda, siempre la he relacionado yo con la muerte del propio García Lorca: y el mar deja de moverse.

Y es que García Lorca fue algo más que un escritor: fue un revulsivo, un aire de libertad, un casi endiosado motor creativo. Siempre vuelvo a su lectura para recordarme que nuestro brevísimo paso por el mundo, más que una reclusión o una fatalidad, es un regalo. Y su paso fue más breve que el de la mayoría: murió fusilado por el franquismo a los 38 años de edad. Esa muerte es hoy un símbolo, y de los más fuertes, pues al asesinar a García Lorca se quiso sofocar, precisamente, el aire de la libertad, acallar a la palabra, fusilar a la poesía. Todo ello lo representaba alegremente él, poeta de muy altos vuelos cuya extraordinaria sensibilidad tuvo que ser apagada por la frustración, letal, del fascismo. La obsesión por encontrar sus restos es ya religiosa: García Lorca se ha convertido en uno de los más brillantes miembros del santoral laico.

A un año exacto de que se cumplan ochenta años de su muerte, recordemos que el poeta (quien no creía en las fronteras políticas y quien dijo que estaba más cerca de un chino bueno que de un español malo) fue detenido por la Guardia Civil el 16 de agosto de 1936 en Granada y luego trasladado al pueblo de Víznar, donde pasaría sus últimas horas en una cárcel improvisada.

Pienso en esas horas, en las que sin duda Federico supo que moriría, y en la aceptación de su final como un trance tranquilo, tal vez incluso sonriente y consciente de que el regalo de la vida había llegado a su fin. Lo fusilaron en la madrugada del 18 de agosto en el camino que va de Víznar a Alfácar, y desde entonces andamos persiguiendo sus huesos.

Ya lo sabemos: sus asesinos, que quisieron desaparecerlo, nos dieron su presencia para siempre: “…joven puro / como un negro relámpago perpetuamente libre”, escribió Pablo Neruda en su “Oda a Federico García Lorca”. Y no obstante nos obsesiona y duele ese fusilamiento como si las fuerzas del mal hubieran elegido acabar de un golpe con lo más bello para lastimarnos a todos. Queremos exhumarlo, atesorarlo, fetichizarlo, canonizarlo. Nos peleamos por las coordenadas exactas donde cayó, donde calló, ¿pero no trasladaron su osamenta?, ¿tal vez está en Madrid?, ¿o sigue alimentando a aquel Olivo del camino de Víznar? La calavera del poeta granadino debe estarse carcajeando: ese misterio es minúsculo ante El Misterio.

Lo cierto es que siempre lo recordamos, sobre todo en agosto, que es verano y andamos todos acalorados, ebrios de sol y un tanto delirantes. Sobre todo en agosto, cuando quisieron perforar, con una bala, el corazón de la poesía. Sobre todo en agosto, cuando intentaron, envidiosos de tanta alucinante energía, resentidos, que el mar dejara de moverse.

julio.trujillo@3.80.3.65

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